domingo, 3 de junio de 2018

De urracas y tórtolas turcas.


De camino al trabajo, sobre las 6´55 horas, observo como una urraca Pica pica aborda el nido de una tórtola turca Streptopelia decaocoto que incuba tranquilamente. Apenas aprecio la pelea, tan sólo un forcejeo llama mi atención cuando veo aparecer entre las ramas de un pino carrasco donde se asienta el nido, al blanquinegro córvido. Arrebata a la tórtola uno de los huevos y lo estrella contra la rama donde está posada a escasos metros del nido, cayendo lo demás al suelo. El córvido come lo que queda adherido a la rama, cuando termina de picotearlo, baja donde se halla el resto del huevo, sin prisa. Una vez ha terminado, asciende hasta la rama que oculta el nido. Con desmesurada violencia, a la altura de la plataforma con la tórtola protegiendo el único huevo, picotea con fuerza su cabeza para obligarla a retirarse. La pequeña columbiforme aguanta aguerrida el envite belicoso, golpeando con sus alas a la urraca que, por mayor fortaleza, consigue su propósito apartándola lo suficiente para pinzar el último huevo y salir volando del lugar.
Esta vez la urraca ya no se para a consumirlo, sino que se lo lleva lejos, sabiendo que en el nido ya no queda nada. 


Vencida la tórtola comprueba los daños de su puesta en la minúscula plataforma de escasas y entrecruzadas ramitas. La malograda puesta se repondrá con otra nueva en otro lugar, dada la enorme facilidad de esta especie para ello.  

De vuelta a casa, veo el nido vacío ¿Dónde estaba el macho?
Algo no funcionó bien. Sólo pude ver a un ejemplar de tórtola campeando cerca, sin embargo, a pesar de ser un macho, parecía ajeno al problema.

No es la primera vez que observo enfrentamientos entre estas aves compitiendo por anidar en los árboles mas propicios para ello. Y, siempre, las tórtolas han ganado las batallas por su bravura conjunta. Su apariencia tierna encierra una belicosidad destacable a la hora de defender su feudo.


La urraca es un córvido oportunista muy entregado a la hora de explotar cada ocasión presente. La naturaleza no entiende de violencia, sino de oportunidades. Es obligado salir a buscar alimento y, éste, siempre provoca enfrentamientos por razones obvias.

Urraca explorando una comunidad de nidos de cotorra argentina en un parque de Zaragoza. 

Fotografía del blog Gatos en los árboles (gente solidaria con los animales).

Para apreciar lo que podría haber sido el daño a la tórtola adulta, incluso siendo capaz de defenderse, tenemos el ejemplo de ésta joven indefensa a la que le faltó poco para morir.
Por fortuna, fue recogida a tiempo tras un ataque de suma gravedad como se aprecia en la imagen. Es el método habitual de la urraca hacia los jóvenes pollos emancipados y sin experiencia; certeros picotazos en la cabeza hasta ocasionar la muerte. 
Ver la historia del pollo de tórtola pinchando aquí.

Las urracas picotean con fuerza y rabia el tronco donde se posan cuando descubren a un predador acechando o con alguna presa, graznando incesantemente. Hay que señalar, porque algunos lo pensarán, que, de la misma manera que se "roba" el alimento de la urraca (podría tener pollos) por la sensibilidad de la persona al actuar salvando a la víctima, los córvidos también dan al traste con el acecho de algunos predadores a los que sorprenden en plena faena. Por lo tanto, influyen también en la trayectoria cazadora del predador que podría tener descendencia a la que alimentar. 
Apiadarse de un animal herido es humano y comprensible; como es la necesidad delatora de los córvidos hacia los predadores para proteger a los suyos. 
La naturaleza expone; lo demás es habilidad para matar o vivir, e incluso, una gran dosis de suerte. 

Fortín bien escogido por una pareja de tórtolas turcas para anidar. 

Una semana antes, optaron por la O para anidar, pero, por su inestable base, no lo consiguieron. La P ha sido su definitiva elección. 

El macho, en este caso, atiende bien a su consorte. Vigila las inmediaciones del nido y consigue alimento con facilidad, ya que al lado de la gasolinera hay un bar que las surte de alimento fácil de conseguir. 



Macho acudiendo con alimento para la hembra en el nido.


miércoles, 18 de abril de 2018

Escapar de la muerte



Paloma bravía Columba livia. Ejemplar reposando y recuperándose de la fatiga tras escapar del halcón peregrino. Una criatura con fuerza y precisión. Me agrada dedicarle esta entrada por ello. 

En las entrañas del barranco, canalizado por inmensos cortados calizos, la voz de los pequeños pájaros se multiplica en volumen; también el siseo por la fricción del aleteo de algún buitre cambiando de atalaya o el profundo reclamo montaraz de las chovas piquirrojas. Todo se amplifica en un espacio tan cerrado.

Estaba muy concentrado siguiendo con la cámara el vuelo de una chova piquirroja. Entre la sonoridad del campo tan apacible, un brutal estruendo seco a unos 3 o 4 metros sobre mí me dejó paralizado. No sabía cuál era el origen del sonido que, como un estallido, tan sólo duró unas milésimas de segundo. Algo mas me hizo falta para reaccionar del susto y ver alejarse al halcón peregrino hacia mi izquierda y a la afortunada paloma hacia la derecha; ambos, envueltos en el vertiginoso picado. El colúmbido se incrustó en una zarza de la base de un nogal, desesperada, y el peregrino planeo reclamando con estridencia. 



Como es costumbre, tomé asiento sobre una de tantas rocas y anoté lo vivido. Algo así conviene anotarlo, dada su espectacularidad fuera de lo común (me refiero a la escasa distancia del picado sobre mí de la rapaz). 

Pasados unos 20 minutos, me acerqué a ver el estado de la paloma. Escuché un aleteo intenso, el ave trató mediante potentes aletazos de abandonar el interior de la zarza y, finalmente, lo consiguió. Se posó en la rama baja de un nogal, reposando cerca de una hora. Tan sólo me acerqué con prudencia para analizarla, y me alejé después para no estresarla mas todavía. La paloma había vencido una importante batalla, tenía una gran experiencia en su haber con tan pocas horas de vuelo ya que su plumaje juvenil así lo atestiguaba.



Estaba exhausta, todavía sentía el aroma del paisaje circundante, podía escuchar los sonidos de la naturaleza y ver el día tan extraordinario que brillaba a su alcance. Me imaginaba todo lo comentado mientras la miraba, victoriosa frente a las garras descolgadas del volador mas veloz de toda la fauna del planeta. Temblorosa, -quién sabe lo que pasaba por su cabeza-, se aferraba a la rama del nogal, analizando quizás, la ventaja en una escapada que no olvidará jamás. Sus ojos se cerraban lentamente evidenciando la incontenible fatiga.
Sin duda, cuando se congregue con los suyos, la alerta por la experiencia le otorgará un plus extra sobre alguna paloma primeriza que, tal vez, no supere la dura prueba.


Es difícil escapar a los ataques del halcón peregrino.

Es una extraña sensación acompañar por segunda vez a una paloma que escapa literalmente de la muerte; una lo hizo de un joven azor (escuché su jadeo desde mi ubicación) y ésta, joven, de un halcón peregrino adulto.
La vida es el máximo valor de un ser vivo en este planeta y, cuando la pelea una paloma, una carraca, un abejaruco, una oropéndola, etc. no hay belleza que posicione mas a unas que a otras frente a la muerte; la vida por dentro es lo mismo en todas ellas. 
La presa desmembrada por su cazador es roja, la sangre lo tiñe todo, y su muerte, paradójicamente, es un día más de vida para él. 
Por hoy, ha vencido y obtenido el día mas de vida la paloma y, entre vencedores y vencidos transcurre esta trama biológica. Algo tan importante a lo que muchos humanos han perdido el respeto para pasar agradables días de caza, de muerte, truncando la oportunidad valiosa de vivir a todas ellas a cambio de un macabro y mediocre pasatiempo innecesario en esta civilización. 
Cuando vivo estas escenas de lucha por la vida, mas detesto la sinrazón de la caza, el cazador y su manido derecho a matar por diversión.


Halcón peregrino Falco peregrinus.




viernes, 6 de abril de 2018

Treparriscos con plumaje estival en el cañón del río Mesa



Treparriscos (Tichodroma muraria) con su plumaje de gala en los farallones calizos del cañón del río Mesa (Zaragoza) 31/3/2018

"El montañero que penosamente asciende por las clavijas del circo de Cotatuero, superando con dificultad el paredón vertical que arranca de los últimos pinos, en el incomparable paisaje del Parque Nacional de Ordesa, se queda perplejo cuando un ave extraña, de vuelo caprichoso y mariposeante, pasa a su altura, casi rozándole, para desaparecer en el dédalo de rocas y cascadas circundantes. Ha sido un fugaz encuentro con el treparriscos, cuyas alas redondeadas de color carmesí y negro -con amplias motas blancas en el borde-, junto con su trayectoria irregular, como de murciélago, le hacen inconfundible".



Así comienza el texto de Pedro Ceballos y Francisco J. Purroy en el libro "PÁJAROS DE NUESTROS CAMPOS Y BOSQUES" dedicado a los guardas forestales del antiguo ICONA. El libro, me lo regaló mi tío, entonces guarda forestal del soto de la Cartuja de Miraflores en Zaragoza.
Me chocó mucho el pájaro de la foto y la narración, tanto, que cuatro años después de su publicación vería al treparriscos en el mismo lugar aproximado que dataron los autores. 
Fue un 4 de abril de 1981 durante un acelerado ascenso por las clavijas de Cotatuero, atravesando desafiantes muros pétreos del macizo pirenáico cuando me encontré con el treparriscos. Pronto llamó mi atención el pájaro, y la realidad no tenía nada que ver con la imagen apática de la fotografía del libro. El ave se movía por la roca con una sincronía nerviosa que me dejó boquiabierto. Sus patas provistas de largas y afiladas uñas se agarraban a los más mínimos salientes con una precisión milimétrica. Mediante un agitado batir de alas de carmesí destellante, se equilibraba abriéndolas al tiempo de impulsarse en cada ascenso. 
Cuando el treparriscos desapareció, después de haberle prestado la máxima atención, prometí regresar cuantas veces hiciera falta a este lugar pirenaico para verlo de nuevo. Sin embargo, no se hizo imprescindible la alta montaña para seguirlo, ya que las bajas temperaturas de esta cordillera hacía que estas aves se dispersaran por enclaves de la geografía española menos duros en invierno.
Desde entonces, he visto muchas veces al treparriscos pero, menos de las que hubiera querido. 
Recuerdo un apunte excepcional -por lo menos para mí- de un ejemplar con el vistoso plumaje estival en unos roquedos turolenses el 23 de abril de 1991; estaba precioso con ese gris oscuro dorsal y garganta negra contrastados con el intenso rojo de coberteras alares y rémiges con lunares blancos en fondo negro.





De nuevo, he tenido la fortuna de observarlo con su librea reproductora y, no, no eran los Pirineos, era el espectacular cañón del río Mesa. El pájaro trepador de roca, incansable buscador de invertebrados ocultos en las grietas y orificios de variado tamaño, me sorprendía de nuevo en su peña mas visitada. Es un macizo rocoso con enormes posibilidades de alimentación, gracias sobre todo, a la inclinación exterior de la cima, protectora de las inclemencias atmosféricas a la multitud de insectos que en ella se refugian.
Puede verse este preciado pájaro en los roquedos del cauce del río Mesa a partir de la última semana de octubre, dependiendo de la meteorología de las altas cumbres. 






Con paciencia y constancia, presenciaremos las capturas de invertebrados protegidos en las grietas que, el pájaro escalador, pinzará con gran destreza haciendo uso de su fino y alargado pico. 


Una ráfaga de viento frío levanta el manto de plumas que cubre el fanérico carmesí del ala.  




Colgado del techo de un gran diedro en la roca, el treparriscos demuestra la agilidad y fortaleza de la que es capaz para prospectar todos los resquicios hallados al paso. 
El techo está lleno de geodas fragmentadas al haberse desprendido una enorme losa caliza.


Mediante las imágenes se puede apreciar la fuerza de agarre a la piedra mientras registra las diversas fisuras. 






miércoles, 21 de marzo de 2018

La memoria no me cuadra con los viejos apuntes.




Hay un estudio publicado en Journal of Neuroscience de 2014 en el que debido al funcionamiento de nuestra memoria, el cerebro modifica nuestros recuerdos, vamos, que nos engaña. 
El hipocampo es la parte del cerebro encargada de esta labor de edición, el de la memoria, para mediar en la generación y la recuperación de recuerdos.
Donna Jo Bridge, principal autora del estudio e investigadora en la Universidad Northwestern­,afirma que los recuerdos se adaptan a nuestro entorno, que cambian constantemente, para ayudarnos a sobrevivir y afrontar los problemas. “La memoria no es como una cámara de vídeo –explica–, sino que edita cada escena para crear una historia que encaje en tu presente”. 
El cerebro reescribe los recuerdos para que se ajusten mejor a nuestra forma de pensar actual, porque el objetivo de la memoria es ayudarnos a tomar decisiones. 


Hembra de Águila de Bonelli Aquila fasciata



El estudio resulta de lo mas interesante y no hay otro modo de reconocerlo que por medio de los apuntes, los cuales, "creemos recordar con pelos y señales"; nada mas erróneo.
Todas las entradas, por fortuna, están bien anotadas y archivadas fruto de la captación del momento, puesto que fueron escritas en el campo seguidamente al concluir la observación. Sin embargo, en mi caso, al buscarlas con la idea de mi vago recuerdo, ambas, la del archivo y la memoria poco se parecen.
En la entrada del halcón peregrino Falco peregrinus -por citar una concretamente-, el ataque del falcónido pensé que era hacia el macho de Águila de Bonelli Aquila fasciata en el periodo de exhibición ante la hembra, pero, resultó ser hacia la hembra cuando abandonaba el nido para desentumecer los músculos. 

Ejemplos hay muchos y, ya me sorprendía demasiado, a veces algo decepcionado, creer haber visto algo mas grandilocuente que lo aparecido en las notas del cuaderno, mas veraz que nuestro divagante hipocampo.

Os dejo con una de las joyas de la fauna Ibérica, en este caso la hembra de la pareja, la misma que se ha zampado ya el segundo ratonero (restos en uno de sus posaderos).








sábado, 17 de marzo de 2018

Ver correr al zorro



No desaprovecho ninguna ocasión de ver al zorro Vulpes vulpes en su elegante carrera. Es hipnótico sentir la destreza de sus zancadas durante una aceleración y velocidad incesantes con las que trata de abandonar el escenario del peligro.
Si había una descripción elegante, era la sentida por el Doctor Félix Rodríguez de la Fuente en los apuntes personales de sus cuadernos de campo, una retórica realmente apasionante.

Os dejo la nota de campo sobre el zorro del cuaderno nº 11, sobre todo, para aquellos que la desconocéis. 
Unas sabias y sentidas palabras de respeto por la naturaleza me convencieron más que cualquier exposición por parte del mundo científico.  



"La realización de películas zoológicas permite descubrir matices de la conducta o la morfología de los animales que muchas veces, escapan al más penetrante de los observadores.Filmando distintas especies de la fauna ibérica en plena carrera, sobre distancias previamente registradas,nos llama a todos la atención el fantástico "sprint" del zorro; pero no sólo por la enorme aceleración que alcanza en pocos metros o por la velocidad punta que mantiene la carrera del zorro que a los operadores, a los naturalistas del equipo, incluso al personal técnico, como los conductores, les deja absolutamente prendados.  El zorro no corre como el lobo, prodigioso fondista, o como el torpe tejón o como el agilísimo lince. Se mueve con una armonía absoluta, con una elegancia que no pueden olvidar quienes hayan observado en una limpia pradera la carrera de un raposo sobre los cien metros lisos.   
¿Qué tiene, entonces, el galope del zorro, para resultar tan bello? La moviola, esa reveladora máquina que permite "ralentizar" detener o acelerar las imágenes cinematográficas nos descubre el secreto. Trazando dos líneas horizontales, perfectamente paralelas, la superior exactamente sobre las orejas del zorro y la inferior bajo las plantas de sus zarpas, podemos comprobar que el raposo, ahora en pleno galope, no desplaza ni un centímetro el centro de gravedad de su cuerpo hacia arriba o hacia abajo; avanza con tanta perfección cual si su carrera se realizara sobre ruedas equipadas con cojinetes de precisión, en lugar de hacerlo sobre miembros construidos con músculos, huesos y nervios."

Félix Rodríguez de la Fuente. Cuaderno de Campo nº 11, (El zorro) 



domingo, 11 de marzo de 2018

HALCÓN PEREGRINO: azote de grandes rapaces



El fin de semana pasado fue espectacular ver a la pareja de halcón peregrino Falco peregrinus sobrevolando la peña de los buitres leonados Gyps fulvus, sobre todo, por la intensidad de su reclamo estos días previos a su reproducción. Lo mejor de todo, es la posibilidad de verlos desde casa, desde la terraza, puesto que el posible nido en el que los vi introducirse, aunque me queda lejos, puedo seguirlos haciendo uso de los 60 aumentos del telescopio, eso sí, mientras no haya reverberaciones.
 
Macho posado y hembra en vuelo.




RÍO HUERVA 23/ABRIL/2008

A lo largo de la mañana una moto y un quad atronan el valle del Huerva provocando una notable inquietud en la rapaz que protege a su descendencia.
Con la hembra de águila de Bonelli Aquila fasciata en el nido, observo con asombro como repentinamente la blanca rapaz emite alarmada un potente reclamo abandonando el nido a continuación. La razón, una pareja de águilas reales sobrevolando su nido. Parece que trata de alertar al macho para duplicar la fuerza defensiva. Afortunadamente, las grandes rapaces se alejan y todo vuelve a la calma.

Un buitre leonado, seguramente dirigiéndose a su nido, se cruza con la hembra de Bonelli montando la guardia de su zona de cría que prospecta minuciosamente. Acto seguido, el necrófago se ve asediado por los ataques impactantes del águila de pecho blanco. El sonido de los golpes secos causados por el aparatoso quiebro ejercido por el buitre para evitar los envites del águila de Bonelli retumban hasta mi observatorio. Me estremece la intensidad de la inmisericorde agresividad contra el pacífico buitre leonado que trata de evitarla sin abandonar su ruta pero, soportando a duras penas la agilidad de esta mediana rapaz tan maniobrera durante su ejercicio hostil.

Paradójicamente, el perseguidor pasa a ser el perseguido. Un halcón peregrino, con sus garras, acuchilla en vuelo al águila de Bonelli. Con fugaces picados de extraordinaria recuperación gracias a la inercia súbita, el falcónido es capaz de multiplicar los ataques acelerándolos en un reducido espacio de tiempo, ocasionándole al águila cierta indefensión dada la incomparable velocidad de su adversario. Así, el águila de Bonelli apercibida por la grandiosa capacidad voladora del falcónido, se aleja de su zona nidificante.

No hay azote más destacado y pertinaz para las tres grandes rapaces; águila real, águila de Bonelli y búho real que el de los fulgurantes ataques del Halcón peregrino. Todas han sentido en alguna ocasión la penitencia de sus insistentes picados acompañados de leves impactos.

Terminaré con el estoico búho real Bubo bubo, una fiera nocturna cuyo vuelo es muy deficiente comparado con el del halcón peregrino para esquivar sus ataques. 
Hace unos años, en unos cortados del río Dulce en Guadalajara, un macho de búho real había abandonado su posadero espoleado por la voz de un competidor cercano. Se colocó en lo alto del anaranjado risco cuando la luz del sol era todavía bastante apreciable. 
Apareció el halcón peregrino con su reclamo agudo y alarmado, al cual, la nocturna no le pasó desapercibido. Mientras los seguía con el telescopio, los encendidos ojos del búho real sólo buscaban la ubicación del congénere desafiante. El peregrino se limitaba a picar sobre la cabeza de la estrigiforme, y ésta, se agachaba en cada uno de ellos. La enraizada territorialidad del búho real restaba importancia a las molestias del peregrino, sólo le inquietaba el macho rival. 
Cuando la noche descomponía las formas, el búho real se creció aliándose con las tinieblas. El halcón se posó en la otra punta del cortado gritando lastimeramente, impotente por la llegada de la oscuridad donde la velocidad ya no le servía para nada.






Elegí el lugar correcto, a pesar de quedar algo lejos de los halcones. 
El macho se posó arriba del cortado y la hembra algo mas abajo, ambos llegaron después, pero, me obsequiaron con estas vistas. 
Se aprecian sus garras ensangrentadas y el buche lleno, ya que el macho la había obsequiado anteriormente con una presa muy temprana. 


miércoles, 28 de febrero de 2018

De nuevo con el búho real



Bueno, iba a ver otras especies el sábado pasado y me quedé embelesado con el búho real Bubo bubo. No hay nada mejor cuando se va al campo a ver aves que hacer lo que a uno le apetezca, incluso, cambiando la hoja de ruta.
Con este frío concentrado y de mayor persistencia que años atrás, es fácil ver al treparriscos Tichodroma muraria en los cañones interiores de la península, esa era mi intención. Las intensas nieves y bajas temperaturas acaecidas en sus núcleos de alta montaña dificultan su supervivencia haciéndoles bajar de esas inestables cotas a nuestros barrancos mas accesibles. 



Durante la bajada por el camino entre las peñas calizas con el treparriscos en mente, paré a observar el viejo cornicabra sujeto a la roca, vistoso como un exuberante candelabro. Y allí, entre el enrejado ramaje del arbusto, estaba ella, la hembra de búho real. Sorprendentemente, me dedicó la primera mirada, desvanecida a continuación por otras mas panorámicas antes de cerrar los ojos y ahuecar su plumaje. Todo me gusta de ella, vamos, de la especie en general. Cómo explicar la sensación de placer producida por el bienestar de la rapaz, tranquila, sosegada mientras yo la miro con admiración bajo su evidente complacencia. 



El día anterior acudí con los prismáticos pero, eran insuficientes para procesar los detalles. Al siguiente, lo hice con el telescopio apurando los sesenta aumentos, era un escenario impresionante. Veía sus párpados inferiores elevados hasta dejar una finísima ranura de alerta, sus oídos prestos a captar algún sonido alarmante y su plumaje pardo, semejando la nada entre tanta maraña.



Sabéis, tras aparcar al borde del camino a las ocho de la mañana, sin darme cuenta del tiempo transcurrido, desemboqué en las 13´00 horas; cinco productivas horas deleitándome con el reposo de la hembra de búho real. Sí, lo sé, alguno os preguntaréis cómo puedo estar tanto rato contemplando a una rapaz que no hace aparentemente nada. Bueno, a veces, es cautivador penetrar en la inactividad de esta rapaz para comprender ciertas cosas. El punto elegido está bien soleado, algo imprescindible para todo ser vivo. Los animales nocturnos también precisan del sol para asimilar ciertas vitaminas. Me gusta anotar el paso de especies por su posadero para ver cuáles le provocan mas inquietud. las chovas piquirrojas, por ejemplo, sólo la alteran si se acercan demasiado. Algún pajarillo entre las ramas le hace abrir los ojos y girar la cabeza en su dirección. La pareja de buitres, cuyo nido arreglado no es productivo este año, permanece en lo alto del cortado esperando la formación de corrientes térmicas para comenzar a volar cómodamente. Algunos movimientos de las carroñeras hacen al búho mirar hacia arriba con insistencia. Es al emprender el vuelo estruendosamente, cuando la rapaz nocturna se yergue súbitamente pegando su plumaje al cuerpo y cambiando radicalmente su silueta rechoncha por otra mas ahusada y erecta. Es posible que al ver una gran silueta, en principio, la confunda con la del águila real, a la que teme por ser su mayor enemigo, sobre todo, por predar sobre la población juvenil (datos propios). He visto mas de una vez a los búhos reales erizar el plumaje al paso del águila real. Sin embargo, una vez identifica al buitre, vuelve a su estado de reposo.



Se ven escenas interesantes observándolo sin descanso. Si no hay interacción activa del búho con sus vecinos, uno se centra en la belleza mimética del plumaje, sus penachos, sus garras, etc...
Una vez continuado el micro-sueño, despierta repentinamente y picotea una parte del plumaje con insistencia, lo arregla, y a descansar. Esta conducta la repite con diferentes partes de su plumaje, incluso con el de las garras. Las levanta indistintamente, baja la cabeza hasta conectar con ellas y las picotea, lentamente vuelve a su posición original y dormita.
Así va pasando el tiempo que le dedico gustosamente, y lo mejor de todo, es que ella me lo permite sin suponer un estorbo. 
El camino es una ruta de acceso no muy transitado, por lo tanto, la rapaz parece aceptarlo sin sobresaltos; es el lugar idóneo para tal fin. 


Esta pareja suele incubar entre la última semana de febrero y la primera de marzo.
Las fotos están hechas con un 400 mm. y recortadas. 



Tengo una anotación curiosa de agosto de 2007 en este paraje calizo. Una explotación de larga duración en la cantera, está terminando con parte de este lugar tan pintoresco. 

Durante un día de jornada laboral de dicha fecha, me acerqué a recolectar egagrópilas de esta rapaz. Caminaba en dirección a la cantera por el monte y escuchaba los motores de las excavadoras y del resto de la maquinaria. Repentinamente, todo el ruido cesó. A continuación, escuché y sentí el impacto de las ondas expansivas de una aterradora explosión seguida de una envolvente polvareda. El zumbido siseante, como de proyectiles, salió en todas las direcciones, probablemente fueran piedras disparadas por la explosión. Llegué a echarme al suelo y, acto seguido, salir pitando. No había dado veinte pasos de vuelta, cuando salió de una enorme sabina, creo, esta hembra de búho real. Me sorprendió en todos los sentidos su presencia estática dentro de la sabina con todas las estruendosas detonaciones acontecidas cada breve intervalo de tiempo, todo, a algo menos de cien metros de distancia. 
Ser el culpable de interrumpir su descanso y no el bombardeo de la cantera, me dejó cariacontecido. 
Ya sabéis, cada espécimen se adapta a lo que conoce y acepta dentro de su territorio, por inexplicable que resulte.


La misma hembra (probablemente) en su posadero a principios de marzo de 2006; han transcurrido doce años desde entonces. La foto la hice desde el mismo punto que las anteriores, pero, con la vieja colpix de nikon acoplada al telescopio. En este caso, descansaba sobre la rama izquierda del mismo arbusto. 



Sus dos pollos volantones el mismo año, fotografiados también mediante la técnica del digiscoping desde el camino.