lunes, 30 de julio de 2012

Un joven vencejo común (Apus apus)


 
La frente es ancha, aparte, posee una barrera protectora de finas plumillas filiformes que surgen de la zona superior de la comisura de la boca hasta la superior del ojo (como cerrando paréntesis); evita el impacto directo de insectos y otros objetos contra sus ojos, a su vez, protegidos por una profunda cuenca orbital.

Hace unas semanas me trajeron un vencejo común. Cuando caen al suelo, lo normal es que estas aves hayan sufrido un golpe contra algún cable o cualquier otro elemento que, por su inexperiencia de vuelo no han sabido esquivar; también suele ocurrirles por golpes de calor en días tórridos tanto a jóvenes como a adultos. Estas aves en tierra son incapaces de levantar el vuelo debido a la cortedad de sus tarsos, inutilizados evolutivamente a favor  del vuelo constante, prescindiendo por ello, de su función motriz para caminar. Son utilizadas solamente para aferrarse con sus cuatro dedos hacia delante y provistos de afiladas uñas a lugares verticales, donde puenden reiniciar el vuelo con facilidad dejándose caer al vacío. Beben en vuelo, copulan en vuelo y duermen en vuelo elevándose a una altura óptima entre mil y dosmil metros reduciendo la frecuencia de su aleteo. Se desconoce si duermen, dormitan o, simplemente descansan mecidos por el viento en una ruta preestablecida por su mecanismo nervioso. 

 

Cuando observas a un volador con estas características al que has seguido tantas veces con la mirada desde la ventana de casa o desde cualquier lugar de la calle descolgarse del cielo con su característico griterío, cuando lo sostienes en la mano, ves y descubres a un ave realmente fantástica, portentosa, tan especializada en el medio aéreo como un pez en el agua. Todo su perfil obedece a una serie detallada de caracteres morfológicos perfectamente entretejidos que conceden al vencejo la supremacía del espacio celeste, por supuesto, como el más volador entre las aves.

Cortan el aire cual afiladas cuchillas cayendo en tropel como una virulenta cascada, corriente brava de chillidos agudos haciendo gala de una formación a escuadra que domina cada viraje a la perfección durante sus fulminantes recorridos. Palpitan en conjunto con vivaz alegoría del placer, un placer reservado para los más precisos del vuelo con estilo y maestría nacidos para vivir expresamente del aire y sus ofrendas, colgados de un privilegiado sueño de aparente ingravidez. 

 

Estas aves insectívoras son aeroplanctófagas, están capacitadas para capturar los insectos en vuelo con la boca abierta; para ello, han de reducir la velocidad. Si os fijáis con detenimiento hay momentos del día, cuando los insectos abundan, que planean con una frecuencia ralentizada apropiada para verlos y capturarlos con precisión.

Si las condiciones meteorológicas son malas desertan masivamente con antelación del lugar buscando zonas despejadas, estos contratiempos provocan en ocasiones una elevada mortandad. En ornitología se conoce este fenómeno como “fuga de tempero”. Cuando los adultos están en época de cría, los que no se han “fugado”, aguardan en el nido con los pollos a que amaine la tormenta. Para sobrellevar la falta de cebas al ausentarse sus progenitores los pollos sufren un letargo temporal ralentizando su ritmo metabólico, permitiéndoles soportar periodos de ayuno de 10 o 12 días. Regresan una vez concluido el temporal.

El vencejo es estival y ocupa sus áreas de cría entre finales de marzo y primeros de agosto; comienzan las puestas en mayo cuando se posarán de nuevo cumplidos 9 meses desde la última vez. Su elevada filopatria acentúa la fidelidad al lugar de nidificación. Debido a la mayor disposición de huecos para anidar en las ciudades, es más abundante en los barrios antiguos que en los de construcción moderna. 

 

Bueno y, finalmente, después de comprobar que el joven vencejo no tenía ninguna fractura ni contusión lo retuve durante cuatro días para nutrirlo y asegurarme de su recuperación abasteciéndolo de reserva alimenticia.
Escogí un día ventoso, ideal, fuera de la ciudad. Impulsé al ave lo más alto que pude y, sus alas falciformes comenzaron a batirse con ritmo, elevándose con firmeza a la vez que desaparecía de mi vista incluso tras utilizar los prismáticos. Mientras lo miraba alejarse sabía que, si todo le iba bien, no volvería a posarse de nuevo hasta dentro de unos dos años aproximadamente, coincidiendo con su madurez sexual.

  
El plumaje escamado y bien cerrado como el de palomas o halcones y su cuerpo fusiforme, muy aerodinámico, capacitan al vencejo para alcanzar velocidades medias de 70 Km, superadas por los más de 150 de sus impetuosos picados.


domingo, 1 de julio de 2012

Los nuevos colirrojos inundan nuestros montes.




En un viejo nido de avión roquero sobre dos metros del suelo y ubicado en la entrada de una cavidad rocosa bastante ancha, donde en ocasiones se encerró al ganado ovino, tenía sus pollos el colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros). La observación fue hace cuatro años, concretamente el 26- 7- 2008. Los pollos eran muy pequeños y la hembra no descansaba aportando continuamente, a intervalos de unos cinco minutos y sin exceder la distancia de unos 50 metros del nido, todo tipo de insectos que era capaz de recolectar entre la reseca vegetación, las piedras y las grietas de la roca. Era un incesante ir y venir el de este pájarillo para colmar las necesidades alimenticias de los pequeños pollos y limpiar además el cuenco.


Dos semanas después, el nido estaba vacío. Vi a la hembra, solitaria, en las cercanías pero, ni dentro ni fuera había rastro de los jóvenes. Era insuficiente el tiempo trascurrido para que los pollos se hubieran desarrollado en condiciones, volar con soltura y alejarse demasiado. Por otra parte, la única aportación de la hembra sin la colaboración del macho, desaparecido por causas desconocidas, tuvo que ser determinante en el fracaso indudable de la cría.

En invierno el tono negro del macho es más escaso.

El colirrojo tizón puede hacer hasta tres puestas al año y, en ocasiones, la bigamia del macho le lleva a atender dos nidos simultáneamente.
Los pollos en el nido, pueden ocuparlo durante tres o cuatro semanas según el grado de dificultad que haya para abandonarlo, dependiendo entre otras cosas, de la inaccesibilidad del mismo.  
  
Plumaje nupcial del macho muy contrastado. Negro como el tizón con su incandescente cola.

 La hembra luce tonos más apagados, necesita pasar más desapercibida.

Ceba para un volantón.

En estas fechas, hay diferentes edades en los pequeños colirrojos. Los progenitores andan muy ocupados alimentándolos. Normalmente, cuando abandonan el nido solemos ver a los machos cebándolos, ello es debido a la preparación de la segunda o tercera puesta de las hembras, que se ocupan además, de construir el nido. Los machos nutrirán a los jóvenes durante unas dos semanas más.

Desde sus atalayas, se dejan notar ante otros competidores con su voz inconfundible.

Con una buena percha cercana al nido, este pollo precoz se aventura beneficiándose al aventajar a sus hermanos en las cebas.

Joven completamente emplumado. Durante este estado de crecimiento han adquirido ya algunas costumbres de sus progenitores, sobre todo, a la hora de establecerse en puntos altos para defender su parcela frente a otros jóvenes.



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