miércoles, 31 de enero de 2018

La gineta del convento


El tiempo pasa rápido y, hace ya poco más de un año que aconteció el hecho que relato a continuación. 

Estaba leyendo el periódico, con poco entusiasmo por cierto, hasta que llegué a una página entre noticias de sucesos donde destacaba la resplandeciente fotografía de una gineta (Genetta genetta);la bella matadora de Félix Rodríguez de la Fuente. La imagen compartía un titular afirmando la captura de una gineta en el monasterio de Santa Lucía. Un hecho insólito para los ingeniosos agentes de Medio Ambiente, dotados de gran habilidad para capturarla según explicarían posteriormente en las redes.

He de confesar que la noticia no me causó simpatía, más bien, me decepcionó bastante. Este vivérrido es un excelente cazador de roedores y, a diferencia de los gatos, la gineta si se atreve con ratas de buen tamaño. 
Os preguntaréis, tal vez, por qué me decepcionó la noticia de su captura. Había estado trabajando sobre el tejado del monasterio, pintando una chapa de zinc que bordeaba el frente del alero. Hallé dos depósitos de excrementos y me sorprendió la existencia de este ágil mamífero cuya senda se apreciaba por su uso continuado sobre el mismo tramo de tejas; desde el acceso, hasta la bajante. Una trayectoria que le comunicaba con la zona de huerta y el arbolado silvestre, donde alternaría la caza de micromamíferos con algún dormidero de pájaros (gorriones, estorninos etc.).

Cuando comenté a sor Mari Carmen si habían visto por casualidad una especie de gato con la cola muy abultada de pelo, la monja encargada de cocina esbozando una sonrisa encubierta, miró de soslayo a su superiora como solicitando permiso para hablar sin mediar palabra. Arrancó, y su historia inundó mis oídos plácidamente. Todas se tornaron cómplices de la anécdota con la gineta protagonista de sus vivencias particulares. Hicimos corrillo y empezaron a deshilar conversación con entusiasmo. Aunque la ventana de la cocina estaba a buena altura, el ágil mamífero se las arreglaba para trepar, introducirse, y servirse de buenos filetes de carne. Las monjas posteriormente los echaban en falta, sorprendiéndose por el misterioso hecho. Al descubrir a la gineta en plena faena, se despejaron todas las dudas. Así lo recordaban riendo complacidas tras días de incertidumbre. Optaron por colocarle un plato con comida en el lugar de recreo, me iban diciendo alborotadas, y alguna vez al salir a pasear, la veían antes de perderse en la oscuridad tras una veloz carrera. 

Tenían una gran suerte con la gineta dentro de la parcela, les decía, ya que controlaría bastante la presencia de roedores, pero, ni aún así, la permitieron quedarse.

"La previsión es que el animal vuelva a su hábitat tras la correspondiente revisión" comunicaba el periódico: que incongruencia, siendo su hábitat la misma parcela del monasterio.


Gineta Genetta genetta (fotos de archivo).


martes, 23 de enero de 2018

Pajarita de las nieves (Motacilla alba) "Romance"



"Antonio Joaquín Afán de Ribera, publicó en 1899 un largo
romance melancólico, repleto de hojarasca romántica, en el
que se dan cita todos los tópicos —mentiras y verdades— que
la tradición arrastra del pajarito: mensajero del frío y de
los días invernales; anuncio de la nieve y visitador de las
corrientes de agua; poseedor de bella librea, habitante solitario
donde señorearon las aves cantoras y los huéspedes del
buen tiempo, etc."



PAJARITA DE LAS NIEVES

"Pajarita de las nieves"
de los fríos mensajera,
que en los hielos del arroyo
sin temores jugueteas,
y en los surcos que la escarcha
endurece como piedra,
con tu pico agudo buscas
la semilla de la siembra;
bajo tu leve plumaje
has de tener una hoguera,
cuando resistes ufana
del invierno la inclemencia.
Te miro moverte a saltos
al borde de las acequias,
por eso el vulgo te llama
"nevatilla" o "lavandera".
Tú no sabes que produce
tu alegría, en mí, tristeza,
recordando las venturas
que gocé en la primavera.
Ya los árboles sin hojas
grata sombra no me prestan,
ni el amante ruiseñor
trinos lanza en la arboleda.
Ese viento embravecido
eco fúnebre asemeja,
y los copos de la nieve
el sudario representan.
De entre un cielo tormentoso
sol con nubes no calienta,
y la lluvia con su ruido
cual las noches me desvela.
Si del tallo quiere alzarse
atrevida la violeta,
una gota de rocío
al helarla, me la quema.
Pajarita del invierno,
huye donde no te vea,
y torne la golondrina,
mi amiga, mi compañera.
En un ángulo, en la torre,
allí su nido conserva;
lo guardo como reliquia,
tal vez no viva a su vuelta.
Tú a mi corazón helado,
ninguna ilusión le llegas,
sólo esperanza, si huyes,
de que otra estación se acerca.
Pajarita de las nieves,
yo celebro tu belleza;
mas si está blanco el cabello,
llama ardiente se desea.


Romance de Antonio Joaquín Afán de Ribera, extraído del excelente trabajo de José Mondéjar "Algunos nombres románicos de la Aguzanieves Motacilla alba" sobre la etimología de los nombres vernáculos de esta especie tan conocida.



Lavandera blanca Motacilla alba; una de las aves con mayor lista de nombres vernáculos.





jueves, 18 de enero de 2018

El madroño de un pueblo


Hay un madroño de tamaño medio en una jardinera de la calle de un pueblo de la Sierra madrileña del Rincón. No importa el pueblo ni el nombre de la calle, sólo el alegre árbol nutrido de frutos desarrollados y colores luminosos. 
Destacar, faltaría más, el buen gusto de quien plantó en su día tan preciado ornamento, pues cumple con creces dada la belleza en conjunto de sus hojas perennes y rojizos frutos con el cometido de su benefactor. 


Madroño Arbutus unedo. Florece en el otoño o principios del invierno, al tiempo que maduran los frutos del año anterior, de modo que se puede ver simultáneamente en flor y fruto. 

Me permite, personalmente, admirarlo por su curiosa cobertura foliar perenne, frutos rojos y dispersos ramilletes de flores blancas, cabizbajas. Un árbol de Navidad con alboradas campanillas y bolas granas, resguardado junto a la rústica casa de la incipiente nevada, incesante desde la madrugada. El paisaje pierde su policromía en favor de una blanca cubierta que lo esconde todo. Algunas aves urbanas y otras no tan urbanas visitan mas el núcleo humano, favorecedor de innumerables posibilidades de subsistencia. Es aquí donde el ornamental madroño se convierte en un benefactor mas para otras criaturas, ahora con la nieve, algo perjudicadas. Los mirlos consumen una gran variedad de alimentos vegetales y, para los inviernos crudos, nada mejor que árboles y arbustos generosos como éste. 





Me quedo perplejo y muy atento. Hace falta muy poco para incentivar mi curiosidad, para mirar y sentir de cerca el esfuerzo por la vida de criaturas tan comunes como el negro mirlo común. Conocen el madroño, se adivina fácilmente por las llegadas directas al ramaje para prender sus frutos e incluso los del suelo, también maduros y mas disponibles para comer. Hay alimento de sobras y los enfrentamientos son escasos entre las aves. El árbol se convierte en un espacio neutral para los mirlos a modo de refugio, hasta encadenar otra jornada venidera de tiempo menos frío que obligue a los mas imprudentes invertebrados a salir de sus escondites.

2 de diciembre 2017

Mirlo común Turdus merula.







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