martes, 28 de marzo de 2017

Cuando se inundan los campos


El oxígeno es un elemento químico, no metálico y gaseoso, de número atómico 8, incoloro, inodoro e insípido, que forma parte del aire y que es esencial para la respiración y para la combustión.
Es obvio que científicamente no lo saben las gaviotas reidoras Larus ridibundus, las cigüeñas Ciconia ciconia, las garzas reales Ardea cinerea, y tampoco las garcetas grandes Ardea alba. Sin embargo, cuando el oxígeno escasea y desaparece gracias a la capa de agua que lentamente elimina su espacio al cubrir las tablas de cultivo, entonces, dichas aves si conocen sus consecuencias y, evidentemente, saben sacarle un gran partido. Basta con ver los campos anegados con las aguas del río Ebro y tras de sí una cohorte de aves que esperarán a que los invertebrados, micromamíferos, anfibios y reptiles necesitados del oxígeno para respirar, tengan que salir para hallarlo sobre la capa de agua que se lo impide. Entonces, las oportunistas cigüeñas, garzas y gaviotas darán buena cuenta de ello en un festival de color y bullicio, brindando con las capturas, el maná secundado por del agua que da y quita la vida.











miércoles, 22 de marzo de 2017

La rata que nunca olvidé


Una rata gris Rattus norvegicus protagonizó parte de esta extraordinaria historia marcada por su desesperada reacción ante el acoso de dos pequeños carnívoros y la intervención final de un cánido.
Es una historia rescatada de viejos retales de papel donde solía anotarlas. Vivencias inexplicables que hacían mella en mi curiosidad infantil, sin fechar por el descuido de novato observador. Sé que aconteció al principio de los setenta; hace ya bastantes años. No importa, fue inolvidable.

La agilidad de una rata en acción no tiene límites (Imagen Google)
 
Su capacidad de abarcar todos los medios, tanto terrestres como acuáticos, ha hecho de este roedor un conquistador insuperable. 
(Foto: Alan Williams/www.photoshot.com).

El perro era un pastor alemán llamado Tarzán. Me acompañaba donde iba durante mi corta edad, siempre aventurados en parajes por descubrir. Decía mi tío que lo siguiera si alguna vez no sabía volver a casa, y eso hacía. Tarzán era escandaloso, demasiado ladrador cuando su estado de ánimo rebosaba de júbilo o algo le inquietaba. Por eso, cargó con ese nombre peculiar. Su manía pertinaz y obsesiva de morder las ruedas en movimiento me traía en vilo. Cuando me tocaba cortar leña para abastecer la estufa y la cocina de hierro fundido - muy antiguas- utilizaba el carretillo para llevar la madera a cubierto, entonces sus dientes apresaban la rueda desbordando mi paciencia. Asimismo, al arrancar mi tío el motor del pequeño tractor para uso forestal, el cánido ladraba con locura desatada mordiéndose la cola en giros interminables. Aquella mirada desconcertante, profunda, de brillante castaño, destellaba al compás de sus ensordecedores ladridos. Orejas enhiestas, receptoras constantes y afilados dientes conjuntaban su estampa asilvestrada de belleza indiscutible. Sin conocerlo, la gente no se acercaba. Cuando comía, lo aguardaba a cierta distancia. No era de extrañar, tras escuchar el crujido de los huesos triturados por sus mandíbulas, y su boca cerrándose como un cepo ante una ofrenda inesperada que ni dejaba caer al suelo. Era un perro con mucho carácter.

Espacio natural cerca del río Ebro donde ocurrió todo el increíble desenlace entre los animales que lo protagonizaron.

Recuerdo especialmente un día que me acompañaba mi prima, mayor que yo y amante de la naturaleza. También, como siempre, venía el perro. Nos gustaba los paseos por el soto ribereño a orillas del Ebro, donde crecía una plantación de chopos entonces patrimonio forestal del estado. Mi tío Aurelio (guarda forestal) se encargaba de su cuidado y habitaba una casa estatal para esos menesteres.
En aquel tiempo los vehículos tenían acceso a cualquier lugar de la chopera de repoblación. La gente de la ciudad de Zaragoza acudía descontrolada a pasar el domingo en este espacio natural sin proteger. Había de todo: gente civilizada y otra en proyecto. Muchos de los rincones al terminar el día, eran episodios nefastos de porquería sin recoger. Los restos orgánicos abandonados atraían a los más despiertos oportunistas como urracas, zorros, ratas, etc. Y, de una rata precisamente, fue la siguiente observación.
Había un lugar escondido, desviado del camino y con un estrecho acceso entre tamarices que daba a una explanada no muy amplia pero bien protegida del viento. Allí vimos a tres criaturas: dos muy nerviosas y la otra; una rata gris levantada sobre sus patas posteriores, expectante, al lado de un cerco de piedras donde se encendía fuego. Esos pequeños y alargados animales se movían con la velocidad del rayo. Los veía saltar sobre el roedor que los triplicaba en tamaño, de un modo desconcertante. La cabeza de la rata armada con dos intimidantes incisivos giraba en todas direcciones. Sólo se me ocurrió pensar que se trataba de un juego, apenas tenía entonces nociones para interpretar el comportamiento animal. Al ser novedoso, todo me parecía extraordinario. Con estas secuencias, no me extrañaba nada que el mundo de los seres vivos elevara mi interés cada día.
 
Dibujo a lápiz de una comadreja Mustela nivalis.

Unos años después, volvía con mi padre de visita a la casa forestal de mis tíos donde tanto me gustaba ir. El autobús nos dejaba en un apeadero concertado al borde de la carretera, y el resto lo terminábamos a pie. Al paso por aquel camino polvoriento (polvo de harina parecía al pisarse), provocaba una especie de detonación que ponía los zapatos blanquecinos. Empeoraba la situación al llegar algún vehículo; incluso reduciendo su marcha, aquello parecía estallar envolviendo el tramo en algo parecido a una tormenta sahariana. 
Aquel año, por cierto, una gran dolina cerca del Ebro se tragó una parte importante del terreno de cultivo. Tras mucha dedicación, la sima se fue enrunando poco a poco con un enorme despliegue de camiones envueltos en una frenética actividad sin apenas descanso. La tierra transportada que se perdía causaba parte de la polvareda.
Cuando llegamos de visita, la gran fosa estaba prácticamente cubierta y apenas transitaban dichas máquinas.
En el momento de abordar la costera donde aparecían los cipreses que rodeaban la casa, gorriones y estorninos salían de los espinos adyacentes en estampida a nuestro paso. Sólo se escuchaba la algarabía de los pájaros revolucionados, nada más. Esperaba la carrera veloz, escandalosa por los ladridos de Tarzán acudiendo a nuestro encuentro y poniéndonos la ropa perdida con sus patas en un intento de lamer nuestro rostro. No venía. Seguramente, -pensaba-, estaría encerrado en el amplio corral y no lo vería hasta entrar en casa.  
Dejó mi tío que buscara al perro (pienso que para ganar tiempo). Al no encontrarlo, le pregunté por él.
–Lo atropelló un camión, me contestó afligido.
–Era de esperar, tarde o temprano tenía que ocurrir, añadió con firmeza.
Durante el trasiego de los camiones el perro permanecía encerrado. Sin embargo, era muy difícil sujetarlo cuando quería salir.  Aquel día logró colarse por la puerta, dada su fuerza e ímpetu por escapar del recinto. Coincidió con el paso de un camión, y entre la polvareda, desapareció enloquecido bajo las enormes ruedas tratando de morderlas. Malherido, acudió a los pies de mi tío, gimiendo de dolor –así lo iba relatando con toda la entereza posible-. De nada le servía su expresión firme endurecida por los años, sus ojos colmados comenzaban a brillar atacado todavía por el mal recuerdo. Ya no pregunté más. El silencio me invadió camino del corral, muy abatido, rodeado de infinidad de vivencias y de un inmenso vacío.
 
Lámina de distintas posturas del pequeño predador.

Pasado un tiempo, mientras miraba uno de los cuadernos de campo de Félix Rodríguez de la Fuente “Pequeños carnívoros”, retornó mi pensamiento al mismo lugar de aquel apunte incompleto. Esas diminutas criaturas desconocidas para mí, protagonistas de aquel extraño juego, eran comadrejas Mustela nivalis. Una pareja de comadrejas en pleno juego de adultos, extrapolado a la realidad desde su aprendizaje infantil. La pobre rata asediada por estos fugaces predadores, presa del agobio, era incapaz de frenar su pertinaz ataque. Permanecimos atónitos mirando quietos junto al perro aquel escenario incomprensible. Hasta que exhausto el roedor, incapaz de evitar a sus enemigos con sus incisivos, se apoyó sobre sus cuatro patas y echó a correr en nuestra dirección como alma que lleva el diablo. Dejó atrás, como una gran maniobra de salvación, a los nerviosos matadores hasta alcanzar nuestra posición, justo delante de nuestros pies. Lamentablemente no pudimos sujetar al perro por su enorme fuerza y, como el movimiento estimula al cazador, la mató de un bocado.
 
Apunte de campo de Félix Rodríguez de la Fuente donde relata, a su excepcional manera, el encuentro entre estos dos mamíferos y su cruenta batalla. Gracias a esta entrada suya, pude dar nombre a los matadores de mi observación en la infancia.

A día de hoy sigo igual de sorprendido ante la reacción de este inteligente roedor, arriesgándose por una opción que, de no haber sido por el perro, le hubiera salvado la vida. Quién sabe cuál sería el aliciente del roedor para actuar así, pero, no por ello, dejó de ser menos asombroso. Al fin y al cabo, era una posibilidad, instintiva o no de sobrevivir al ataque. 

La comadreja tiene una longitud total de unos 27 cm y un peso de 150 gramos, siendo el mustélido más pequeño de las 8 especies autóctonas que habitan la península Ibérica; el tejón es el mayor de todos alcanzando los 22 kg. Sin embargo, tiene la comadreja la capacidad predadora más sorprendente de todos ellos, dado su diminuto cuerpo, al poder matar presas del tamaño de un conejo. (Foto: lubomir hlasek www.hlasek.com) 


viernes, 17 de marzo de 2017

Sendestrocismo por el cañón del río Mesa


“Caminante no hay camino, se hace camino al andar…” Hace camino el buen caminante; pero a otros el camino se les hace, y de qué manera…

Hace dos fines de semana, me llevé un buen disgusto en la entrada al barranco de La Tejera en Calmarza (Zaragoza). Muchas han sido las veces que he recorrido este trayecto entre romeros, tomillos, aliagas, rosales silvestres y sabinas sin perderme por la ajustada senda que lleva perfectamente hasta el final de este magnífico recorrido. Reconozco que hay tramos donde los rosales silvestres -algunos enormes-, si provocan algunos enganchones, pero, es lo de menos. Cuando sus frutos maduran sirven de alimento a muchos animales en otoño; con rodearlos se soluciona.
Me gusta este barranco por su soledad. No hay carretera que lo machaque con los vehículos a motor y, por fortuna, no hay más remedio que hacerlo a pie, mal que les pese a algunos que quisieran llegar sentados a todos los sitios.

Un gran ejemplar de rosal silvestre Rosa canina.

Una sabina que no estorba en absoluto al paseante, desmembrada.

Cuando comencé mi paseo por el barranco (siempre resulta diferente) vi también la escabechina provocada por los aparatos desbrozadores manejados por auténticos “incompetentes en la materia”. Parece que ya no se estila podar en condiciones con las tijeras de toda la vida, aquellas que dejan las ramas limpiamente cortadas y no desgarradas como con la maldita máquina del látigo y su corte imperfecto y chapucero. Sólo quedan ramas desmembradas y fácilmente atacables por xilófagos, etc. Al final todo depende de las prestaciones de un trabajo que sólo significa dinero a cambio de una senda con la vegetación reventada para que, no sé qué tipo de gente, vaya cómodamente viendo el paisaje mientras intenta equilibrar su nivel de colesterol.
 Las hojas de las sabinas son lobuladas, diminutas, muy apretadas y tienen un tacto delicado; más suave que hiriente, por lo tanto no daña la piel si rozamos sus ramas. 
Ahora no será igual pasar cerca de ésta sabina con pantalones cortos.


Si para fomentar el senderismo hay que abordar todas estas aplicaciones en el monte destrozando la vegetación, mejor que se dediquen a pasear por los caminos o los arcenes de las carreteras que los tienen bien limpios y son más adecuados para ellos.
A quien le gusta de verdad la naturaleza sabe buscarse muy bien la vida para sortear toda la vegetación a su paso. También, deleitarse con ella y trazar el mejor trayecto, aunque sea aleatorio, ya que le supone otro atractivo más.

Un hermoso ejemplar de romero Rosmarinus officinalis arrasado aun estando apartado de la senda.


Por lo visto, llegó el nuevo senderismo tipo “paseo de bulevar con pantalones cortos” para gente que necesita cortafuegos en vez de sendas naturales para caminar. Seguramente, sean los mismos que andan con la pachanga de apagar los fuegos en invierno dejando los bosques y montes como los jardines de su casa. Por no hablar del reguero de plásticos llamativos atados a las ramas para marcar todavía más las rutas. Luego, por supuesto, nadie los retira.


Juniperus phoenicea: sabina negral, sabina negra, sabina roma, sabina pudia, sabina suave. De todos los nombres me quedo con el de suave; suave y fuerte, muy fuerte. Es un arbusto distribuido por todo tipo de terrenos. Llega a los 1400 metros de altitud donde empieza a escasear. Aguanta todo tipo de inclemencias atmosféricas: heladas, sequías y vientos intensos. Su altura puede alcanzar los 8 metros (crece 1 mm al año aprox.), con una longevidad de unos 1000 años.
No me extraña que lleve toda la vida viendo a mis sabinas más cercanas sin apreciar ningún cambio.
Los incendios suelen abrasarlas y no retoñan como hace el enebro Juniperus oxycedrus. Creo, por ello, que merecen un mejor trato y respeto.
  
 Barranco de la Tejera Calmarza (Zaragoza)


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