jueves, 25 de abril de 2019

Un día de inquietud




El monte está lleno de conejos Oryctolagus cuniculus y, al paso del vehículo, corren en todas las direcciones. Se ocultan rápidos, zigzaguean desesperados por ocultarse y, los más curiosos, se detienen mirando con atención. Uno de ellos, tiene dificultades para encontrar su cubil, apenas puede abrir los ojos y camina a tientas guiándose más por el olfato.
No hay duda sobre la visible explosión demográfica de estos lagomorfos por esta barranca de la particular estepa.

Transito lentamente por el camino agrícola deteniéndome frente al antiguo posadero del macho de búho real Bubo bubo, mirando además el hueco donde criaron en la loma de yesos y, encuentro ambos deshabitados. No hace falta que baje del vehículo en el improvisado trayecto, tan sólo con avanzar sin prisas y con paradas puntuales, la información, aunque superficial, resulta suficiente.

Hembra de búho real frente a su nido con cinco pollos de algo mas de cuatro semanas.


Al paso de la siguiente vaguada coincido con la pareja de rapaces nocturnas, parecen agobiadas. El macho con suma agilidad, dado su menor tamaño, abandona súbitamente la compañía de su consorte entre el declive, superando la cima del cabezo.
Allí queda, solitaria, la hembra. Su insistente mirada al mismo punto, sin prestarme atención, me desconcierta. No entiendo qué hace la hembra, dubitativa, a las 8´30 horas de una mañana luminosa posada en una cortadura de yeso y desprotegida de hostigadores. Insiste la hembra con su mirada alternando la parte alta del monte con la más baja. Apenas una mirada fija pero fugaz se encuentra con la mía. No soy su mayor problema.
Gira media vuelta dando la espalda a su fijación, se impulsa con fuerza y emprende el vuelo con decisión. No se va por la parte superior como el macho, sino todo lo contrario, lo hace por su parte baja cerca de mi ubicación. No repara en mi presencia.
Creo que tengo que mirar la barranca para eliminar cualquier duda que más adelante, pudiera lamentar.



Después de rodear toda la loma y ascender para optar a una vista adecuada de la vertiente mas apartada donde estaba la hembra, descubro desde lo lejos en una desdibujada repisa unos cuerpos inertes, disgregados y con extrañas posturas; uno de ellos, queda tres metros más abajo y pegado a un matorral. Tras una paciente espera de unos diez minutos ninguno se mueve, creo que están muertos. Ni siguiera unas fuertes palmadas de desesperación al aire los hace reaccionar.
No accederé al nido para no contaminarlo con mis huellas, pero sí daré aviso a la Guardería de Medio Ambiente para que tomen las medidas pertinentes por si hubieran sido golpeados o envenenados.



El mismo día acude Ester, una agente medioambiental a quien expongo lo ocurrido. Saca unas bolsas negras, para depositar aisladamente los cuerpecillos de los cinco pollos de unas cuatro semanas de edad. La angustia nos enmudece. 
Me acompaña al lugar y ambos ascendemos en silencio por la térrea ladera de fragilidad evidente. En el último giro, cuando encaramos el nido faltando unos diez metros, la hembra lo abandona y los pollos, resucitados, nos observan alterados mientras sus audibles chasquidos tratan de intimidarnos. Me giro de inmediato hacia la agente y, con una sonrisa nerviosa, le comento que los pollos están vivos. Siento un enorme bochorno solamente superado por el alivio de tan amarga experiencia. El prejuicio de tantos atentados mortales contra esta rapaz y sus vástagos me llevaron a esta encerrona. Por fortuna, hoy no ha sido el caso, y ambos respiramos tranquilos. Me disculpo, y ella quita hierro al asunto. Sin embargo, no conviene bajar la guardia, no es la primera vez que estas aves son tiroteadas y los pollos sacrificados.
Con todos los datos en la memoria me resulta más sencillo establecer un balance de lo acontecido y, por lo tanto, de lo aprendido.



La vista atrás, me hace reflexionar y comprender desde el principio de la historia el porqué de la mirada atenta de la hembra de búho real al mismo punto, que era precisamente, el nido con sus cinco vástagos. También, la insistente mirada bajo sus garras donde los conejos correteaban al fondo del barranco. Con tanta descendencia, las noches se hacen cortas y el trabajo de alimentarlos una exhaustiva labor. Por ello, la pareja emprende el vuelo espontáneamente tratando de incrementar el horario nocturno arrancando tiempo a la luz del día. El pico matinal es muy útil para asegurar las reservas de la despensa familiar.

Por otro lado, entiendo la inmovilidad de los pollos, agotados durante la noche para asegurarse su bocado, peleándolo frenéticamente contra el resto de los hermanos. Cinco pollos en un nido tratando de luchar por su ración de carne ha de ser agotador.
Me resulta, después de todo, mucho más sencillo entender que 10 ojos permanecieran apagados ante mi presencia a causa del cansancio acumulado por sus continuadas batallas en busca de la primera ceba. No me disgusta en absoluto seguir aprendiendo.


A pesar de todo, es recomendable que ante muertes evidentes e incluso si el escenario expone dudas, no manipularlo y recurrir a los agentes medioambientales o al Seprona; ellos valorarán correctamente la situación sea cuál sea, actuando en consecuencia.


Los conejos con la enfermedad avanzada echan a correr ante cualquier peligro tomando rumbos desorbitados.
La acción de las rapaces es muy útil para erradicar los ejemplares afectados.



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