
Escenificación pictórica de un grupo de aviones comunes en vuelo. La imagen corresponde a una de las puertas de los armarios existentes a lo largo del pasillo hacia La Capilla Sixtina en el Museo del Vaticano.
Hice el servicio militar hace unos cuantos años, cuando era obligatorio, en Hoyo de Manzanares. Un pueblo situado muy cerca de la Sierra de Guadarrama. El tiempo que allí estuve, no lo dediqué a romperme la cabeza, sino a disfrutar del paisaje portentoso de este lugar. Sus pinares de silvestre, robledales, encinares en su cota más baja y, arbustos de alta montaña y pastizales en su zona más alta conformaban mi nuevo mundo durante un año por delante. Todo un mural acogedor de pura naturaleza. Ya en la primera guardia nocturna en el almacén de armamento, recuerdo la presencia de un enorme pastor alemán al otro lado de las vallas, sí, enorme. Las ondas sonoras de los ladridos impactaban contra mi pecho por su voz grave y audible, por no hablar además, de su aserrada dentadura.-Yo no voy a entrar ahí, le dije al cabo primero. El me contestó que no pasaba nada, que el perro estaba acostumbrado a los uniformes. Me introduje con muchos peros, y, en efecto, el cabo tenía razón; en un descuido, el perro puso sus manazas sobre mis hombros y me dio un lametón en el que agradecí por cierto, que estuviera de mi parte. Pasé muchas guardias sobre la nieve de aquel gélido invierno corriendo de un lado a otro en compañía del perro. Todo era por entrar en calor físico, el amable, ya me lo daba él todos los días.

Imagen: Wikimedia Commons.
No voy a extenderme más con el gran compañero canino. Destacaré por otra parte, la gran oportunidad brindada gracias a las horas de guardia, dedicadas entre otras cosas a observar los aleros de los edificios del cuartel, que ya en el mes de marzo se llenaban de aviones comunes (Delichon urbica). Ellos ocupaban también mis ratos libres. El avión común es un excelente volador. Explota para alimentarse el estrato aéreo superior al de la golondrina común (Hirundo rustica) e inferior al del vencejo común (Apus apus). Es en el aire donde se alimentan capturando con gran precisión todo tipo de minúsculos insectos voladores. Sus nidos son construcciones sólidas y, precisamente, fueron ésas construcciones las que alertaron mi atención cuando observé la desesperación de los aviones frente al oportunismo de los gorriones (Passer domesticus) que buscaban alojamiento sin esfuerzo constructor.

Imagen: Wikimedia Commons.
Terminar un nido nuevo les puede costar aproximadamente una semana, y menos tiempo, a los afortunados que han tenido la suerte de tener escasos desperfectos. A contrarreloj, trataban los aviones de finalizar los habitáculos de barro donde anidar, cerrando ajustadamente la entrada para impedir a los gorriones, más corpulentos, el acceso fácil al interior. Alguna pareja de estos hirundínidos atareados en el remate del nido eran despojados de él cuando éste tenía la abertura adecuada para el cuerpo de los gorriones. Había gorriones decididos a quedarse pese a las protestas de sus dueños, e incluso, a la protesta de la comunidad. No todos soportaban la presión hostigadora de los aviones, más de uno abandonaba.
Imagen: Wikipedia.
Era en otras ocasiones, un exhaustivo ir y venir por parte de aviones y gorriones al mismo nido; los primeros para cerrar la entrada y los otros para rellenarlo de finas hierbas. Si un gorrión conseguía entrar a pesar de la estrechez de la entrada, la incomodidad de esta le inhibía tanto que abandonaba la idea. Ésta era la pesadumbre bélica de los aviones contra los gorriones expoliadores de nidos. Si de una oquedad asomaban hierbecillas, era segura la ocupación del nido por parte de los usurpadores. Así pasaba mis días de militar, intentando no perder detalle de toda esta trama tan interesante de la biología del avión común. Después de incubar los cuatro huevos de promedio en los nidos de estas golondrinas y culminar las dos puestas realizadas en muchas parejas por temporada (hasta tres en el sur de la península), los grupos familiares se fueron congregando en el cielo, y los jóvenes, a medida que abandonaban los nidos fueron alimentados en el aire por los adultos.

Imagen: Wikimedia Commons.

Imagen: Wikimedia Commons.
Mas tarde, con el paso de las semanas, fueron alineándose a lo largo de los cables de luz día tras día. Ya en octubre, acentuándoseles más si cabe el ardor migrador, su nerviosismo se dejaba notar. No podía saber, sólo sospechar, cuándo emprenderían la marcha hacia sus cuarteles africanos de invernada. Sólo podía apreciar que sus reservas de grasa para el viaje estaban prácticamente colmadas. Que su tejido adiposo estaba rebosante para proporcionarles ése depósito de reservas con que afrontar el duro viaje. Dice Wolfgang Goymann del Instituto Max Planck de Ornitología (Alemania) sobre las currucas mosquiteras más gordas, “que son capaces de hacer paradas más cortas para recuperar las grasas perdidas durante el viaje anual hacia sus lugares de nidada. Esto proporciona notables ventajas en el caso de no hallar suficiente alimento para recuperar el nivel óptimo de reservas en la siguiente escala”. Las que vienen más justas de grasas, pueden sucumbir intentando proseguir el viaje o, carecer de fuerza necesaria para esquivar con soltura a sus depredadores. Tras haber visto las cadenas de aviones abarrotando los cables, no fue hasta la mañana siguiente cuando descubrí que éstos y el cielo estaban ya totalmente vacíos.

Imagen: Wikipedia.
Diez años después, trabajando para una empresa de pintura, enmudecí ante un hecho anecdótico sin precedentes. Fue bajo un edificio de ocho plantas, pintado en su parte superior cuyos andamios ya se desmontaron hasta la segunda planta. Había una parcela abandonada que fue utilizada en su día como gallinero, con unas conejeras de obra en el costado del edificio. Se accedía a la fachada por las escaleras verticales de los cuerpos del andamiaje, coincidiendo en la travesía con un nido de avión común adherido al alero del conejar a unos tres metros de altura. Un único pollo moraba su interior, asustado seguramente por mi presencia repentina al trepar por el andamio. Advertidas mis molestias por el pollo, accedí por la otra escalera del andamio dos metros más apartada. Una nube establecida de alborotadores aviones sobrevolaba el lugar y parecían visitar repetidamente al único ejemplar que aún quedaba en el nido. El cambio de material para reparar la fachada me obligaría a subir y bajar repetidas veces, y el ave, no cesaba de forcejear. Jamás vi un grado tan alto de desesperación. No era normal la escena, lo digo porque el joven avión, pese a la distancia de mi persona, arremetía contra el hueco de salida preso de su impotencia.

Imagen: Carlos García. Rincón de la Victoria (Málaga) Vía: www.fotodigiscoping.info
La tercera vez me detuve mirándolo fijamente, desazonado. Sospechaba que algo no funcionaba correctamente en la conducta del pájaro, tal vez alguna irregularidad en su sistema nervioso o, porque no, la imposibilidad de salir del nido por el perímetro tan ceñido de la entrada. Decidí acercarme para comprobarlo de una vez, y evitarle de algún modo, aquella angustia tan exasperada. Frente a él, contemplé cómo se golpeaba una y otra vez contra los bordes de la entrada, muy estresado, intentando abrirse camino. Tenía como los piquituertos las mandíbulas cruzadas, desajustadas y manchadas de barro seco al golpearlo. Tiré presionando con los dedos de un fragmento del nido, y por fin, el ave salió impulsada a gran velocidad, se posó en el solarete de un balcón y desapareció. Minutos después, todos los aviones de la colonia desaparecieron con él. Recordando retrospectivamente las colonias de Hoyo de Manzanares, reconocí la coincidencia de dos factores incompatibles; el excesivo ajuste de la entrada para evitar el abordaje de los gorriones al habitáculo de barro, y la necesidad de acumular grasas antes de abandonarlo. Cuando un joven avión abandona el nido es capaz de volar sin aparente problema. La dificultad de nuestro protagonista fue, entre otras cosas, la pereza para abandonar el cómodo reducto atendido por los progenitores. En muchas especies, los adultos incitan a sus pollos a abandonar el nido portando presas con objeto de estimularlos para concluir su estancia en el mismo, o también, espaciando las cebas.