miércoles, 22 de marzo de 2017

La rata que nunca olvidé


Una rata gris Rattus norvegicus protagonizó parte de esta extraordinaria historia marcada por su desesperada reacción ante el acoso de dos pequeños carnívoros y la intervención final de un cánido.
Es una historia rescatada de viejos retales de papel donde solía anotarlas. Vivencias inexplicables que hacían mella en mi curiosidad infantil, sin fechar por el descuido de novato observador. Sé que aconteció al principio de los setenta; hace ya bastantes años. No importa, fue inolvidable.

La agilidad de una rata en acción no tiene límites (Imagen Google)
 
Su capacidad de abarcar todos los medios, tanto terrestres como acuáticos, ha hecho de este roedor un conquistador insuperable. 
(Foto: Alan Williams/www.photoshot.com).

El perro era un pastor alemán llamado Tarzán. Me acompañaba donde iba durante mi corta edad, siempre aventurados en parajes por descubrir. Decía mi tío que lo siguiera si alguna vez no sabía volver a casa, y eso hacía. Tarzán era escandaloso, demasiado ladrador cuando su estado de ánimo rebosaba de júbilo o algo le inquietaba. Por eso, cargó con ese nombre peculiar. Su manía pertinaz y obsesiva de morder las ruedas en movimiento me traía en vilo. Cuando me tocaba cortar leña para abastecer la estufa y la cocina de hierro fundido - muy antiguas- utilizaba el carretillo para llevar la madera a cubierto, entonces sus dientes apresaban la rueda desbordando mi paciencia. Asimismo, al arrancar mi tío el motor del pequeño tractor para uso forestal, el cánido ladraba con locura desatada mordiéndose la cola en giros interminables. Aquella mirada desconcertante, profunda, de brillante castaño, destellaba al compás de sus ensordecedores ladridos. Orejas enhiestas, receptoras constantes y afilados dientes conjuntaban su estampa asilvestrada de belleza indiscutible. Sin conocerlo, la gente no se acercaba. Cuando comía, lo aguardaba a cierta distancia. No era de extrañar, tras escuchar el crujido de los huesos triturados por sus mandíbulas, y su boca cerrándose como un cepo ante una ofrenda inesperada que ni dejaba caer al suelo. Era un perro con mucho carácter.

Espacio natural cerca del río Ebro donde ocurrió todo el increíble desenlace entre los animales que lo protagonizaron.

Recuerdo especialmente un día que me acompañaba mi prima, mayor que yo y amante de la naturaleza. También, como siempre, venía el perro. Nos gustaba los paseos por el soto ribereño a orillas del Ebro, donde crecía una plantación de chopos entonces patrimonio forestal del estado. Mi tío Aurelio (guarda forestal) se encargaba de su cuidado y habitaba una casa estatal para esos menesteres.
En aquel tiempo los vehículos tenían acceso a cualquier lugar de la chopera de repoblación. La gente de la ciudad de Zaragoza acudía descontrolada a pasar el domingo en este espacio natural sin proteger. Había de todo: gente civilizada y otra en proyecto. Muchos de los rincones al terminar el día, eran episodios nefastos de porquería sin recoger. Los restos orgánicos abandonados atraían a los más despiertos oportunistas como urracas, zorros, ratas, etc. Y, de una rata precisamente, fue la siguiente observación.
Había un lugar escondido, desviado del camino y con un estrecho acceso entre tamarices que daba a una explanada no muy amplia pero bien protegida del viento. Allí vimos a tres criaturas: dos muy nerviosas y la otra; una rata gris levantada sobre sus patas posteriores, expectante, al lado de un cerco de piedras donde se encendía fuego. Esos pequeños y alargados animales se movían con la velocidad del rayo. Los veía saltar sobre el roedor que los triplicaba en tamaño, de un modo desconcertante. La cabeza de la rata armada con dos intimidantes incisivos giraba en todas direcciones. Sólo se me ocurrió pensar que se trataba de un juego, apenas tenía entonces nociones para interpretar el comportamiento animal. Al ser novedoso, todo me parecía extraordinario. Con estas secuencias, no me extrañaba nada que el mundo de los seres vivos elevara mi interés cada día.
 
Dibujo a lápiz de una comadreja Mustela nivalis.

Unos años después, volvía con mi padre de visita a la casa forestal de mis tíos donde tanto me gustaba ir. El autobús nos dejaba en un apeadero concertado al borde de la carretera, y el resto lo terminábamos a pie. Al paso por aquel camino polvoriento (polvo de harina parecía al pisarse), provocaba una especie de detonación que ponía los zapatos blanquecinos. Empeoraba la situación al llegar algún vehículo; incluso reduciendo su marcha, aquello parecía estallar envolviendo el tramo en algo parecido a una tormenta sahariana. 
Aquel año, por cierto, una gran dolina cerca del Ebro se tragó una parte importante del terreno de cultivo. Tras mucha dedicación, la sima se fue enrunando poco a poco con un enorme despliegue de camiones envueltos en una frenética actividad sin apenas descanso. La tierra transportada que se perdía causaba parte de la polvareda.
Cuando llegamos de visita, la gran fosa estaba prácticamente cubierta y apenas transitaban dichas máquinas.
En el momento de abordar la costera donde aparecían los cipreses que rodeaban la casa, gorriones y estorninos salían de los espinos adyacentes en estampida a nuestro paso. Sólo se escuchaba la algarabía de los pájaros revolucionados, nada más. Esperaba la carrera veloz, escandalosa por los ladridos de Tarzán acudiendo a nuestro encuentro y poniéndonos la ropa perdida con sus patas en un intento de lamer nuestro rostro. No venía. Seguramente, -pensaba-, estaría encerrado en el amplio corral y no lo vería hasta entrar en casa.  
Dejó mi tío que buscara al perro (pienso que para ganar tiempo). Al no encontrarlo, le pregunté por él.
–Lo atropelló un camión, me contestó afligido.
–Era de esperar, tarde o temprano tenía que ocurrir, añadió con firmeza.
Durante el trasiego de los camiones el perro permanecía encerrado. Sin embargo, era muy difícil sujetarlo cuando quería salir.  Aquel día logró colarse por la puerta, dada su fuerza e ímpetu por escapar del recinto. Coincidió con el paso de un camión, y entre la polvareda, desapareció enloquecido bajo las enormes ruedas tratando de morderlas. Malherido, acudió a los pies de mi tío, gimiendo de dolor –así lo iba relatando con toda la entereza posible-. De nada le servía su expresión firme endurecida por los años, sus ojos colmados comenzaban a brillar atacado todavía por el mal recuerdo. Ya no pregunté más. El silencio me invadió camino del corral, muy abatido, rodeado de infinidad de vivencias y de un inmenso vacío.
 
Lámina de distintas posturas del pequeño predador.

Pasado un tiempo, mientras miraba uno de los cuadernos de campo de Félix Rodríguez de la Fuente “Pequeños carnívoros”, retornó mi pensamiento al mismo lugar de aquel apunte incompleto. Esas diminutas criaturas desconocidas para mí, protagonistas de aquel extraño juego, eran comadrejas Mustela nivalis. Una pareja de comadrejas en pleno juego de adultos, extrapolado a la realidad desde su aprendizaje infantil. La pobre rata asediada por estos fugaces predadores, presa del agobio, era incapaz de frenar su pertinaz ataque. Permanecimos atónitos mirando quietos junto al perro aquel escenario incomprensible. Hasta que exhausto el roedor, incapaz de evitar a sus enemigos con sus incisivos, se apoyó sobre sus cuatro patas y echó a correr en nuestra dirección como alma que lleva el diablo. Dejó atrás, como una gran maniobra de salvación, a los nerviosos matadores hasta alcanzar nuestra posición, justo delante de nuestros pies. Lamentablemente no pudimos sujetar al perro por su enorme fuerza y, como el movimiento estimula al cazador, la mató de un bocado.
 
Apunte de campo de Félix Rodríguez de la Fuente donde relata, a su excepcional manera, el encuentro entre estos dos mamíferos y su cruenta batalla. Gracias a esta entrada suya, pude dar nombre a los matadores de mi observación en la infancia.

A día de hoy sigo igual de sorprendido ante la reacción de este inteligente roedor, arriesgándose por una opción que, de no haber sido por el perro, le hubiera salvado la vida. Quién sabe cuál sería el aliciente del roedor para actuar así, pero, no por ello, dejó de ser menos asombroso. Al fin y al cabo, era una posibilidad, instintiva o no de sobrevivir al ataque. 

La comadreja tiene una longitud total de unos 27 cm y un peso de 150 gramos, siendo el mustélido más pequeño de las 8 especies autóctonas que habitan la península Ibérica; el tejón es el mayor de todos alcanzando los 22 kg. Sin embargo, tiene la comadreja la capacidad predadora más sorprendente de todos ellos, dado su diminuto cuerpo, al poder matar presas del tamaño de un conejo. (Foto: lubomir hlasek www.hlasek.com) 


15 comentarios:

  1. Bravos animales, tanto el predador como la malograda presa. Los vídeos de pequeños mustélidos persiguiendo y abatiendo presas mucho mayores que ellos se hacen muy virales por internet, y no me extraña nada.
    ¡Saludos!

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    1. Esa imagen de fugaces movimientos entre predador y presa, una vez vivida, se graba de por vida.
      He tenido la oportunidad de contemplar en el Centro de Recuperación de Fauna Silvestre de Aragón como una comadreja criada de pequeña, capturaba un ratón vivo extraído del criadero para este menester. La velocidad de la contienda escapa a la percepción de la retina humana. Es estremecedor el desenlace.

      Saludos.

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  2. Una nueva entrega del relato natural que, con amena maestría, nos transporta por el soto. Olemos el polvo levantado por los camiones, oímos y vemos a Tarzán y nos compadecemos por la rata que, huyendo del fuego acabó en la sartén. Escenas de la vida natural percibidas por los ojos de un niño y vertidas posteriormente por un adulto sabio.
    Gracias por compartir estas enriquecedoras vivencias.
    Un abrazo.

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    1. Sólo me queda enmarcar tu comentario y colgarlo del salón. Desde luego, cuando escribas un libro de poemas de la naturaleza me lo comunicas.
      Eres un fenómeno transportando mediante el teclado, tus impresiones con enorme sensibilidad poética. Todo un lujo y talento en la escritura.

      Un abrazo.

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  3. Un relato bien contado, me ha encantado. Un abrazo desde Cantabria.

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    1. Entonces Germán, encantado de que ta haya encantado.
      Gracias.

      Un abrazo aragonés.

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  4. Precioso relato.El destino suele tener estas cosas. De una manera u otro, el final de la rata estaba marcado, al cruzarse en su camino con esas comadrejas.Pocos animales logran escapar del ataque de una comadreja.
    Saludos

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    1. Desgraciadamente el destino mortal de la rata tenía su punto y final como bien comentas.
      Tal vez, lo único "positivo" para ella, fuera el ahorro de sufrimiento ante estos diminutos predadores que le hubieran alargado la agonía.

      Saludos.

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  5. Que generoso, que bonito, compartir así un recuerdo único de tu infancia. Es tuyo y ahora es también un poquito de aquel que lo lea y tenga la sensibilidad de apreciarlo. Esas vivencias en la infancia son muy especiales y se le graban a uno. La rata acosada y valiente, las vivas comadrejas y un perro: fugaz momento, pero que intenso y significativo. Lo creas o no, se me ha encogido el alma con el final del fiero Tarzan…
    Además lo has relatado todo el episodio de una manera muy serena, muy entera y muy tierna. Que precioso post, Javier.
    Un abrazo!
    Anonima Eve

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    1. Gracias Eve. No sé si se me fue la mano profundizando demasiado en la historia.
      Hay que tener un perro para saber el alto nivel de complicidad que existe entre ambos a la hora de abarcar aventuras. Cada salida se convertía en una de ellas.
      Aunque, realmente la protagonista es la rata, no cabe duda, he querido homenajear a mi queridísimo perro, compañero de tantas salidas al campo metiéndolo más en el papel para que se entendiera mejor su ataque a la rata. La rata, con su decisión determinante, fue quien dejó mella en mi recuerdo como una actuación digna de archivar en etología.
      Las comadrejas, diminutas carniceras, también tienen su apartado como predadoras ninjas y, no creo que me exceda en la comparación dada su velocidad de ataque.
      Esta es la historia que te comenté del perro y quisiste conocer. Es de agradecer el sentimiento con el que la has vivido y, también, que te haya gustado.

      Un abrazo.

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  6. Estou encantada... que entrada mais preciosa!...
    Essas memórias dos nossos primeiros anos de vida são geralmente a chave para encontrar nosso lugar no mundo. Os registros que ficam da nossa infância influenciam na pessoa que nos tornamos e são essenciais para desvendar o nosso verdadeiro eu e para cultivar relações mais saudáveis. Elas nos permitem enxergar por trás de todas as fachadas e defesas, chegando ao fundo daquilo que nós realmente somos.
    Para que um acontecimento fique registrado na nossa memória é porque ele realmente mexeu com nossas emoções. Como esse fato espetacular que aconteceu contigo e que você depois de muitos anos compartilha conosco de forma tão intensa, tão vívida!... Esta postagem me tocou muito interiormente, prestei atenção a todos os detalhes do que você registrou e eu tenho por mim que esta vivência contada oferece um instantâneo da sua essência. A compreensão das lembranças da infância não apenas explica nossas ações e reações no presente, mas também nos ajuda a direcionar comportamentos que temos agora e que teremos na maturidade. Os aprendizados que temos e vivemos certamente nos auxilia a nos tornarmos uma pessoa mais serena e madura. E vejo que este é o seu caso.
    O acesso às lembranças, às vezes, não é muito fácil. Há quem as deixe no inconsciente. Porém, uma maneira de buscar esse conteúdo é a expressão artística, como escrever poesia, manter um diário ou pintar e desenhar, por exemplo, são jeitos de trazer o que se vivenciou para fora e transformá-lo de maneira positiva, e você também faz isso muito elegantemente através dessas entradas que você prepara detalhadamente para compartilhar com a gente que te lê com carinho. Seus desenhos são fenomenais, autênticas obras de um nato amante da natureza.
    Te felicito humildemente e agradeço por esta magnífica publicação.
    Me desculpe ter-me alongado tanto para falar tao pouco...
    Um beijo

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    1. He de reconocer que todas las observaciones tienen para mí una gran carga de emoción frente a las especies observadas. Siempre les dedico el tiempo oportuno y de éste modo consigo que se cumpla el desenlace pacientemente; unas veces es cotidiano el final y otras salta la sorpresa y uno queda pletórico ante anotaciones como la de esta entrada.
      Que participe en la historia es obvio, puesto que uno la observa en primera persona, pero, para mí, son los animales los únicos protagonistas de todos los escenarios vividos.
      El perro, que desgraciadamente acabó con la rata cuando el roedor buscaba protegerse, tenía para mí un significado muy especial en la narración por ser un compañero inseparable y al que quería muchísimo. Cuantas veces cruzando carrizos para atajar nos veíamos hasta arriba de barro orgánico que apestaba a kilómetros. Los dos éramos un equipo de exploración de territorios nuevos para mí (no sé si también para él, puesto que vivía allí) que íbamos descubriendo con una constante curiosidad; yo con la vista y él, sobre todo, con el olfato.
      No me ha importado aflorar ese fragmento de mi vida porque sé que existe gente atenta a estas historias y las sabe apreciar, por eso van dedicadas para quienes sabéis verlo del modo tan positivo como me comentas con tanta sinceridad y emotividad.
      Me gusta que la gente comente todo lo que considere oportuno y, ningún comentario me parece ni muy largo ni muy corto.
      Gracias Teca por tu atención y me alegra que te haya gustado tan singular acontecimiento animal.

      Besos…

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  7. Muy bonita la historia.lo cuentas de tal manera que te engancha. sigue así. Un saludo

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  8. Agradezco tu lectura y que te haya gustado.
    También me engancha que las vivencias del reino animal puedan ser del interés de la gente que las atiende. Para mí, un buen empujón para seguir buscando más.

    Saludos.

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  9. Salir de la sartén para acabar en las brasas. Fue mala suerte para la rata en su desesperación. En cuanto a Tarzán poco podía hacerse cuando esos bichos nuevos tan grandes, cargados de tierra, irrumpieron en su mundo. Eran unos desconocidos.

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