
No hay bolas de Navidad más decorativas y entrañables que las naturales; como el petirrojo. Ecológicas, reciclables y llenas de vida.


FELICES OBSERVACIONES 2010
Esta es una entrada solamente, para disfrutar del placer de observar a una fascinante rapaz cazadora de roedores y en menor medida de aves. Es el placer de haber visto su vuelo en libertad, surcando con el esplendor mágico de su fortaleza física, todo el maravilloso desfiladero del río Huerva. Haberlo visto sobre nuestra mirada atónita; la de Fernando, y la de quien os lo relata, deslizándose entre el viento con la facilidad pasmosa y característica de los grandes velocistas del medio aéreo; las falcónidas.
Ya no tiene que obedecer a la llamada interesada de su dueño, ahora podrá cazar a su antojo, y volver a su posadero preferido sin rendir cuentas. Ahora es dueño de sí mismo, pero te recuerdo Sacre, que tienes a los peregrinos de compañeros, a las águilas reales y para más desgracia si cabe, a las dos parejas de búho real.
Si hay un ser vivo, capaz de desafiar las tórridas horas del agostado mediodía, ese es el lagarto ocelado (Lacerta lepida. Actualmente; Timon lepidus). Aguarda paciente, entre el sol y la escasa cobertura de los sisallos, los albardines o las capitanas aferradas a los ribazos y periferias el momento ideal para cazar o, sencillamente, mantener el reposo. La abrasada maleza del linde, separa las tablas del agobiado labrantío que se extiende por cualquier estepa aragonesa. Mientras, nuestro saurio, se permite el especializado placer de ignorar el aplomado calor, que, a duras penas el que escribe, soporta deshidratándose al amparo de una afilada sombra que se desvanece rápidamente.
Las intimidadoras fauces del lagarto ocelado, suponen una importante garantía para su defensa.
Esta, desgraciadamente, es otra variedad bastante más cruda de la formidable fortaleza; en este caso metabólica, del lagarto ocelado.
Fernando, me avisó de la situación del lacértido que se hallaba atrapado en el foso de un aljibe circular. Son construcciones generalmente de la forma mencionada, cuya utilidad es; la de recoger el agua de lluvia o, almacenar la que se vierta para abrevar el ganado ovino, habitual campeador de las duras estepas aragonesas. El poso de barro resquebrajado y cuarteado por la acción implacable de la sequedad, daba cobijo al verdoso “fardacho” (como se le conoce por el lugar) ocultándose cuando tan sólo, atisbaba un leve momento de riesgo en el alto vertical de la pared. La profundidad de las grietas en el barro seco era de unos cuarenta centímetros, y aun así, pese a la dificultad, logramos extraerlo una vez se había empotrado en ella, no sin antes arrancar uno de los bloques con mucho cuidado.
Las especies atrapadas en el fondo seco, generalmente mueren de inanición tras largos días de penuria.
Las imágenes apreciadas por vuestros ojos en la pantalla, son las del pobre lagarto exhausto, consumido casi en su totalidad pero, con la fiereza que les caracteriza; haciendo frente con sus fauces abiertas. No consideramos la necesidad de llevarlo al centro de recuperación, debido a la fuerza que todavía, y a pesar de todo, sacaba de sus mermadas reservas.
La pared de la vieja torre esteparia, le serviría de refugio junto a la opción de entrada a la misma, para que pudiera sorprender insectos abundantes en su interior.
Pareja de lagartos ocelados soleándose bajo un caluroso sol de Mayo.
Dedicaré otra entrada a esta maravilla de la evolución, con otro ejemplar en mejores condiciones, pues hay detalles de su comportamiento sumamente curiosos.
En el otro aljibe, la situación era mejor gracias a una parte sombría protectora de la humedad, apropiada, para la piel de varios ejemplares de sapo corredor (Bufo calamita) que permanecían aletargados bajo una
manta vegetal acolchada y uniforme.
Recogidas entre una piedra y el barro seco; las cuatro jóvenes culebras de escalera (Elaphe scalaris. Actualmente; Rhinechis scalaris), aguardaban ocultas el paso del tiempo frío medio aletargadas, debido posiblemente, a la incierta temperatura todavía no apta para el prolongado y esperado fin.
Concluida la necesaria sesión fotográfica, no exenta de sustos por el mal genio de dos de ellas (muy agresivas), dejaron constancia mediante activos lances de ataques continuados, de una marcada irascibilidad antes de terminar en la saca. Una vez liberadas bajo la segura protección de las amontonadas piedras extraídas del campo, regresaron a una nueva oportunidad sobre el terreno, ahora, con mejores expectativas.
Un ejemplar dócil. Por la forma estilizada de la cabeza, comprobareis que no muestra signos de alarma.
De las otras dos restantes, una de ellas, era sumamente dócil. Qué cosas. La tuve encima, cogida con las manos y mirándola con entregada atención, mientras se deslizaba con suavidad entre mis dedos. No medían más de cuarenta centímetros, cada una de las cuatro. A pesar de su aparente inofensividad por su pequeño tamaño, y no disponer de glándulas venenosas, sus dientes pueden accidentalmente transmitir cualquier tipo de infección por muy remota que sea dicha posibilidad. Hay que andarse con cuidado, pero sin temerlas. Siempre huyen de nuestra presencia como alma que lleva el diablo.
Este ejemplar sin embargo, con las carótidas dilatadas, hizo justicia de su irritable carácter arisco y ofensivo.
Esta es, una pequeña muestra de la trampa mortal que para muchos animales entre aves, mamíferos, reptiles etc., suponen estos depósitos de agua; tanto llenos, como vacíos. Se han presentado muchas opciones para habilitar salidas de evacuación para los animales atrapados, pero ninguna al parecer, se lleva a cabo.
No sólo es estresante su imagen industrial, sino, el movimiento de sus enormes palas y el atronador y molesto ruido que producen. Contaminación visual y acústica a mansalva.
No olvidemos, la posibilidad de ser víctimas como la chica de la historieta, del disgusto de nuestra vida (si es que disgusta), al encontrarnos nuestro lugar añorado por su
naturaleza intacta, finalmente, rodeado de barrotes ruidosos como si de una cárcel gigantesca se tratara.
La ironía de mi hija, me encandila. Espero que su entrada como ilustradora, sea una realidad.
Si no podemos con este pelotazo de industrialización, por lo menos que nos quede la opción de protestar con trabajos como el presente.
Colisión de buitre con aerogenerador (pinchar)
Años atrás, recuerdo que firmaba todo tipo de manifiestos antinucleares que caían en mis manos. Estaba plenamente convencido de la necesidad de su erradicación inmediata y, esperanzado ante un futuro mejor con la llegada de otras energías más respetuosas.
Hoy, después de ver el impacto brutal, exterminador, y desolador del paisaje causado por el hacinamiento caótico de los parques eólicos, ya no opino lo mismo. Es una alternativa tan devastadora, que me ahoga en un mar de dudas.
El marketing de la energía limpia, la verdad es, que funcionó de maravilla; recuerdo cuando se montaron los primeros mamotretos eólicos en
Los estudios de impacto medioambiental para su instalación en zonas importantes para la fauna, son un auténtico paseo militar a su favor (como decía Cañete del PP, con el trasvase del Ebro).
Ya no voy a entrar, al margen del impacto visual generado (que es más que suficiente), en profundizar en el resto de problemas con los molinitos y sus altibajos con el viento; porque todos sabemos del necesario apoyo de las centrales de ciclo combinado que, sustentan a la red cuando éste no sopla. Y las centrales de combustión, también emiten CO2.
Ahora, desconcertado, contra la energía nuclear y contra el cambio climático y físico del paisaje, me asalta la duda final que puede terminar en carcajada floja. Cuando después de llenar todas nuestras sierras ibéricas de aerogeneradores, resulte que la energía producida no sea suficiente para abastecer al país, ni al negocio de la exportación o, sencillamente, no resulte rentable. Si hay que echar mano del socorrido apoyo de la energía nuclear, entonces, nos vamos a partir el pecho a lagrimaza viva.
La llegada de este particular otoño, algo más cálido de lo habitual por su elevada temperatura y su escaso color, me dejó con las ganas de poder contemplarlo en todo su esplendor. Y así fue como, ni corto ni perezoso, tomé rumbo hace unos días a la gran cordillera de los Pirineos; concretamente, al Valle de Echo en la provincia de Huesca.
Las zonas altas y húmedas de los valles albergan abetales y monumentales hayedos, cuyas hojas ocráceas ya tapizaban la superficie de las laderas. Continuando el descenso, la policromía de los bosques mixtos hasta la misma boca de los desfiladeros, iluminaban con sus hojas áureas la abrupta y tupida amplitud del cerrado entorno. Pinares subalpinos, abetos, avellanos, arces, tilos, abedules, servales etc., abrigaban las faldas de los altivos farallones calizos. Todo es, dejarse llevar con la vista y el olfato a través de la diversa gama de colores, expuesta, por el auténtico milagro del bosque caducifolio. Es la belleza y el éxtasis del mayor espectáculo inimitable del planeta; la naturaleza, expuesta para todos los mortales, al alcance visual de todas las clases sociales.
A
Sólo faltaba el punto final a una velada repleta de portentosas vistas bajo el ocráceo follaje del hayedo próximo. Al salir del refugio, allí estaban, les vi volar con el estilo tan peculiar con que se desplazan en planeos mantenidos de descenso. Vuelo en este caso, con alas semiflexionadas, avanzando a velocidad media en dirección seguramente a sus cortados de descanso. Que curiosidad tan grande la de estas rapaces osteófagas, capaces de licuar con sus potentes jugos gástricos la dureza de los huesos con los que se alimentan.
Que pulsaciones tan marcadas las del corazón, cada vez que nuestros escasos quebrantahuesos aciertan a invadir nuestro campo visual.
Acebo ( Ilex aquifolium)