Common buzzard Buteo buteo
La espera dentro de un habitáculo
oscuro sin otro punto de vista que el visor de la cámara se hace francamente
tedioso, sobre todo, si no hay ni un alma que acierte a pasar delante del
objetivo. Para una persona como yo la paciencia en estos casos es bastante
limitada, no así, fuera de espacios cerrados donde puedo aguantar durante horas
mirando al mismo punto. Comento esto, algo desanimado, por la impaciencia que
me caracteriza cuando me encierro en un hyde y no hay movimiento alrededor del
cebo.
Hasta que las cornejas no se presentan
graznando, las rapaces, que conocen sobradamente su comportamiento, no se
apuntan al festín. Aunque son competidores oportunistas saben que con más ojos
vigilantes la seguridad en el lugar se incrementa, por ello, córvidos y rapaces
marcan una establecida tregua para colaborar, dentro de un orden, a la hora de
repartirse los restos de comida. Los córvidos, usualmente son los primeros en
llegar, regentan territorios mas recogidos y localizan mejor los restos de
cualquier animal -no precisan del estímulo que los active ante el movimiento de su presa como ocurre en
las rapaces- ello es interpretado infaliblemente por ratoneros, milanos negros,
reales y aguiluchos laguneros sobre todo. La cuestión es que perdí la paciencia,
y cuando quise recoger el equipo, las cornejas advirtieron mi presencia y no
pude dar marcha atrás; ya no bajaron. Había cerca una pareja de ratoneros alborotando
en vuelo como es habitual en las rapaces emparejadas, inundando su territorio con
acrobacias demostrativas de su destreza voladora y, la escuchaba con atención. El
macho acertó a posarse en una de las ramas del campo fotográfico pero, el motor
del enfoque lo ahuyentó. Seguidamente lo hizo la hembra, posándose en el mismo
punto; también se percató del enfoque y salió volando, por fortuna, el único
disparo quedó guardado en la tarjeta de la cámara. A través del visor, durante ésas
milésimas de segundo, la pupila del ratonero atravesó con fijación el objetivo
de la cámara conectando con la mía. Es lo mejor que me llevé aquel día; la
preciosa mirada de la hembra de ratonero y su deslumbrante collar.
Long-tailed Duck Clangula byemalis Swimming in a tank of water.
Entre semana Fernando me dijo que todavía, después de algo más de dos meses desde su primer avistamiento, continuaba viéndose el pato havelda. Aprovechamos la nula afluencia de gente precisamente en horas laborales para no agobiar al ave. El primer plumaje había cambiado notablemente y la belleza del mismo se hacía patente. Su hábitat de cría se encuentra entre las lagunas de la tundra y, de éste espécimen, no tengo clara su procedencia. El havelda, pato buceador, busca su alimento en aguas claras y halla condiciones adecuadas en muchas partes del Báltico. Su principal alimento son cangrejos y diversas especies de bivalvos.
Depósitos de agua (Zaragoza)
Goodbye...
Dibujos a lápiz de búho real (Bubo bubo)
Conocí a Domingo por mediación de
otros compañeros pajareros. Aparte de una gran pasión por las aves, traía desde
su Canarias natal y casi como novedad, el empeño de localizar el mayor número
de especies posible de murciélagos en la geografía aragonesa. Entonces, esta
rama zoológica, apenas movía el interés de “cuatro” estudiosos en la península.
Cuando coincidimos en mas salidas al campo, él me comentó, sabiendo que yo era
un acérrimo seguidor del búho real, si era posible acompañarme durante alguna
observación controlada con la intención de verlo a placer. Aquel año de 1985,
tan sólo hacía unos meses que lo había visto por primera vez, sin embargo, tras
17 observaciones entre salidas y entradas tanto al atardecer como al amanecer,
pensé que algo conocía de la trayectoria del búho real hacia su cazadero.
Hice un cálculo rápido de mis
observaciones de acampada por aquellas tablas de labor abandonadas, donde los
manzanos, lucían la necrosis de sus ramas moribundas y la inexistente atención
del hortelano los arrastraba hacia la muerte. Recostado y oculto al lado del
río, al pie de aquellos bosquetes galería de enormes olmos frondosos, antes del
estrago de la grafiosis, miraba con atención la salida del búho real rumbo a su
cazadero. Mirando el cortado calizo frontalmente, la rapaz siempre desaparecía por
mi lado izquierdo, hacia el páramo, y no veía nada más por que los cortados me
lo impedían. Era el único dato disponible para hacer una espera en condiciones.
Barranco del río Huerva (Zaragoza) 2 de agosto de 1985
Una vez en marcha, Domingo me insistía
una y otra vez sobre las posibilidades de ver al búho real, contestándole que,
en la zona donde nos íbamos a ubicar por las ocasiones presenciadas desde el
fondo del barranco, estaba seguro de que lo veríamos pasar sobre el campo
elegido. Sin problemas.
Atravesando laderas de romero, punzantes
aliagas, sabinas y enebros alcanzamos el altivo punto clave. El calor era
notable. A nuestras espaldas quedaba el cauce del río y la huerta abandonada, quizá,
por el difícil acceso con maquinaria, antaño abordada y laboreada con mulos. Y,
a nuestros pies, se expandía un enorme campo segado de cereal con bastante
luminosidad, la superficie por donde debía pasar el ansiado búho real. Nos
ocultamos en lo más alto. Pegado a mi espalda había un enebro de algo más de
metro y medio, frente a mí estaba Domingo y, tras él, una frondosa sabina
negral. Ambos arbustos quedaban en línea guardando el perfil de la loma,
proporcionándonos una pantalla protectora. Pasaba el tiempo y, no era sólo
Domingo quien se impacientaba, puesto que mis coordenadas y mi supuesta experiencia,
aunque joven, quedaba en entredicho. Mi orgullo se resentía a medida que la
penumbra cerraba poco a poco las escasas posibilidades de luz. Sin embargo, no paraba
de cavilar, convencido de haber presenciado el habitual recorrido de la gran
estrigiforme en la misma dirección varias veces. No
me podía fallar. Llegó un momento en el que
rendidos ante la evidencia, bajamos la guardia y empezamos a comentar vivencias
sucumbiendo a la monotonía del aguardo. A las 21´38 horas apenas quedaba luz y,
entonces, se rompió el silencio, un súbito encontronazo con la copa del enebro
a mis espaldas me puso la carne de gallina. A continuación, puede ver dos
enormes garras colgando y unas enormes alas agitadas con fuerza por el cuerpo
del búho real que pasó muy justo sobre nuestras cabezas cuando mas distraídos estábamos.
Acto seguido, mientras la rapaz se alejaba en cuestión de segundos comprobé
como la cara de Domingo quedó desencajada, puesto que él, vio a la rapaz de
frente y se llevó la peor parte del susto. Después de lo ocurrido, con voz
apresurada y entrecortada, me comentaba que su corazón, muy revolucionado en ése
momento, estaba a punto de estallar. Le entendí perfectamente, no era para
menos después de semejante aparición inesperada.
La causa de la coincidencia.
Semanas más tarde al cambiar de
observatorio para dominar ampliamente el territorio del gran duque, descubrí
que en el lugar donde nos ubicamos, aquel enebro, era el cantadero del macho de
búho real. Ésa fue la razón por la que pudimos verlo mejor de lo esperado,
gracias a la fidelidad de estas rapaces a su posadero predilecto. Lo vi durante
algunos años mas ulular desde dicho enebro, incluso, después de ser abrasado por
un incendio años más tarde. El búho real continuó utilizando sus ramas tiznadas
aun estando seco. Jamás lo sospeché pero, con ironía le dije a Domingo,
sonriendo, -ves, te dije que lo verías bien-.
Las atalayas preferidas del esmerejón están siempre en lugares bajos
Para definir la fuerza de esta
portentosa rapaz o, microrapaz, dado el minúsculo tamaño del macho, tendríamos
que alinearla con el sprint del guepardo por su capacidad de generar velocidad
pura mediante el creciente esfuerzo físico de su batir de alas, y no mediante
picados veloces de máxima nota dejándose caer como hace el halcón peregrino,
considerado el animal más veloz del planeta. Quien haya visto al esmerejón perseguir
o cazar a una presa sabrá que el concepto de velocidad pura viene avalado por
su enorme fortaleza muscular al desplazarse, capaz de acelerar con potentes
brazadas hasta conseguir su objetivo. Domina como nadie el vuelo a baja altura.
Quiero que disculpéis la mala
calidad de las imágenes de este pequeño cazador invernal venido de la tundra y captadas
en un día gris; aunque bien merecen la pena por lo curioso del momento en que
se hicieron, ya que secaba las plumas de la cola abriéndola en abanico.
Los que hicieron el servicio
militar, entenderán la angustia que suponía vivir un año alejado de sus
actividades cotidianas, lejos del contacto familiar y de los amigos; a pesar de
conseguir otros nuevos, también entrañables.
Para los que además de ver fotos
os atrevéis a leer las entradas, os dejo una observación asombrosa por su espectacularidad,
precisamente, dentro del cuartel militar. No la olvidaré jamás.
Hoyo de Manzanares (Madrid) 3
enero de 1985
Me tocó junto a otros compañeros
la última guardia de mi quinta en el cuartel. Todavía está fresca en mi mente
la visión bulliciosa y agitada de mi reemplazo por su “licenciatura militar”
con “La Blanca”
en sus manos, seguidos atentamente desde la barrera de la entrada principal por donde accedían los altos mandos. No puedo describir la agonía devorándome
por dentro al ver a todos vestidos de calle y, yo, con dos horas por delante de
guardia y de mili.
Me gustaba mirar el enorme
edificio de mando custodiado por unas enormes píceas, y la amplia explanada del
patio de armas. Pasaba las horas vigilando y observando las especies de aves
que por allí se desplazaban. Los gorriones siempre estaban conmigo a todas
horas, pululando con libertad para entrar y salir del recinto. Los gorriones
revoloteaban precavidos entre las ramas y el suelo donde trataban de hallar
alimento. La tensión era tan alta cuando salían al exterior de la protectora
fronda vegetal que, bastaba con que uno de ellos abandonara asustado el lugar sin
causa justificada para que el resto lo siguiera sin contemplaciones; así,
durante todas sus salidas cotidianas. No importaba si era o no falsa alarma, lo
importante era estar atentos para salir volando. Aquella vez, reventó de nuevo
el grupo pero, con tintes más dramáticos. Aquí sólo contaba el azar, escogiendo
cada uno el escondite que su instinto en décimas de segundo le permitió
asimilar; lo primordial era desaparecer del escenario. Fue un macho al que vi
mas desesperado y, por consiguiente, el ejemplar que optó por la peor salida. No
se ocultó de inmediato y prefirió escapar rápidamente sorteando los enormes árboles
del edificio de mando ganando mi posición al pasar delante de la barrera de
entrada al cuartel. Su expresión era dramática cuando me sobrepasó a dos metros
de distancia seguido por una pequeña rapaz que le ganaba terreno por segundos. Era
el esmerejón, frío como el filo cortante de su pico y sus garras, atento, acechante
y paciente para aprovechar y optimizar el esfuerzo de su lance mortal. En una
carrera que duró segundos, el macho de esmerejón atajando en un ajustado giro, golpeó
fuerte con sus garras al desventurado gorrión aturdiéndolo y, mientras caía en barrena sin control, fue capturado súbitamente antes de llegar al suelo. Con el gorrión en sus garras el pequeño halcón gris se alejó a ras del terreno.
Cuando me quise dar cuenta, ya estaba vestido con la ropa de civil y la mili cumplida.
Intermitentemente, la rapaz extendía las rectrices para potenciar su secaje